Mundo ficciónIniciar sesiónGiovanni Ferrari.
La noche había transcurrido en un silencio tierno, a pesar de los inconvenientes que habían marcado nuestra primera experiencia juntos.
Me encontraba abrazado a Francesca, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, aunque debo confesar que la abracé, cuando ella se quedó dormida, porque temía que de nuevo me hiciera a un lado.
Sin embargo, esos momentos, eran los que más había anhelado e imaginado durante mucho tiempo, y aunque la intimidad no había sido como la había imaginado, el simple hecho de tenerla a mi lado me llenaba de una felicidad, indescriptible que nunca antes había sentido.
Jamás había dormido con una mujer, y mucho menos me había quedado abrazada con ella, porque apenas terminaba la intimidad, las despachaba o me iba yo, así que esa era mi primera vez.
Me sonreí satisfecho y cerré los ojos, dejando que el suave aroma de su cabello me envolviera, y me permití soñar con un futuro lleno de amor y complicidad.
Sin embargo, la felicidad no duró mucho. Al amanecer, un golpe en la puerta de la suite me sacó de mi ensueño. La voz de un empleado del hotel resonó en la habitación, interrumpiendo la calma que había disfrutado. Me incorporé, sintiendo una punzada de inquietud en mi pecho.
—¿Qué sucede? —pregunté, mientras me vestía apresuradamente.
El hombre, con una expresión grave, me dio la noticia que cambiaría el rumbo de nuestro día.
—Está su chofer abajo. Vino a avisar que el padre de la señora ha sufrido un infarto y está en estado crítico. Sentí que el mundo se me venía abajo. La alegría de la noche anterior se desvaneció como un espejismo, y un nudo se formó en mi garganta.
Teníamos previsto nuestro viaje de luna de miel, pero ante esa difícil situación, no cabía duda de que había que interrumpirlo.
Francesca aún dormía; la sacudí suavemente para despertarla. Ella se giró dándome la espalda; al parecer tenía el sueño pesado. Insistí en despertarla.
—Francesca, mi amor, despierta, debemos irnos... —dije, mirando a Francesca, quien seguía dormida, ajena a la tragedia que se avecinaba.
Intenté de nuevo despertarla con suavidad; ella abrió un poco los ojos y, al ver la preocupación en mi rostro, se levantó de un salto, sus ojos llenos de miedo.
—¿Qué pasa? —preguntó visiblemente asustada.
—Francesca… tu papá sufrió un infarto —respondí; ella abrió los ojos de par en par, visiblemente consternada.
La abracé, tratando de transmitirle un poco de calma, pero en mi interior, la ansiedad crecía como una sombra oscura.
Nos levantamos, nos arreglamos y el chofer nos llevó a la clínica; el ambiente era frío y desolador. El bullicio de los pasillos, el sonido de los monitores y el murmullo de las voces de los médicos creaban una atmósfera tensa.
Francesca, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas, buscaba consuelo en mí, pero la situación se tornó aún más complicada cuando su madre apareció, como un torbellino de emociones.
—¡Francesca! —exclamó la mujer, acercándose rápidamente—. Ven, ven conmigo.
Sin darme tiempo para reaccionar, la madre de Francesca la apartó de mi lado, llevándola a un extremo donde se agrupaban las mujeres. Me quedé atrás, sintiendo cómo la distancia se interponía entre nosotros.
Un sentimiento de frustración me invadió, porque deseaba estar con ella, consolarla. Sin embargo, rápidamente me dije que no debía molestarme. Era un momento difícil para la familia de mi esposa, y lo más lógico era que su madre quisiera estar con ella.
Así que me resigné a esperar del lado opuesto y a muchos metros de distancia de mi esposa.
Las horas pasaron lentamente, y me sentí como un extraño en medio de la tormenta. Intenté acercarme varias veces a Francesca, pero siempre ocurría algo, o había alguien que interrumpía mi intento; pareciera como si lo hicieran a propósito, mientras yo me sentía cada vez más incómoda.
La veía de lejos, su rostro reflejando la angustia y la tristeza, mientras lloraba y mi corazón se rompía al no poder consolarla.
“¿Por qué no me miras?”, pensé, sintiendo cómo la desesperación comenzaba a apoderarse de mí.
La sala de espera se convirtió en un laberinto de emociones. Observaba a los demás familiares, algunos llorando, otros hablando en voz baja, y me preguntaba si alguna vez podría ser parte de ese círculo, porque hasta ahora me sentía como un paria, un extraño, que no era bien recibido. Hablaban entre ellos, pero a mí no me miraban.
La soledad me envolvió, y la angustia por no poder estar al lado de Francesca me consumía.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, un médico apareció en la puerta. Su expresión era inquietante, y un profundo suspiro salió de sus labios, como si le pesara lo que iba a decir. Sentí que el aire se me escapaba del pecho al ver su expresión, porque antes de que hablara supe lo que diría.
—Lo siento... —dijo el médico, su voz grave resonando en la sala—. Hicimos lo posible, pero el paciente ha fallecido.
Las palabras cayeron como un rayo en medio de la tormenta. Sentí que el mundo se desmoronó a mi alrededor; se escucharon gritos. Francesca, al escuchar la noticia, se desplomó, y su madre la sostuvo con fuerza, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. Me acerqué, pero la multitud de familiares se había agolpado a su alrededor, y me sentí impotente, como un espectador en mi propio drama.
—Francesca... —susurré, extendiendo la mano hacia ella, pero fue en vano.
Ella no me miró, la tristeza la envolvía, estaba como ida y no podía atravesar el muro de dolor que se había levantado entre nosotros.
La sala se llenó de sollozos y lamentos, y me sentí ajeno a todo. La angustia me consumía, y la impotencia de no poder consolar a mi esposa me desgarraba por dentro.
Finalmente, cuando la multitud comenzó a dispersarse, logré acercarme a Francesca. La encontré sentada en un rincón, con la mirada perdida en el vacío. Me arrodillé a su lado, tomando su mano entre las mías.
—Lo siento tanto, amor... —dije, mi voz temblando—. Estoy aquí para ti.
Francesca me miró, y en sus ojos había un mar de emociones: tristeza, confusión, y una profunda soledad. Sentí que mi corazón se rompía al ver el dolor en su rostro.
—No sé qué hacer... —murmuró ella, las lágrimas deslizándose por sus mejillas—. Mi padre... no puedo creer que se haya ido.
—Lo sé... —respondí, apretando su mano con ternura—. Es un momento muy difícil, pero estoy aquí contigo. No tienes que pasar por esto sola.
Francesca se dejó caer en mis brazos, y sentí cómo su cuerpo temblaba con cada sollozo. En ese instante, comprendí que mi amor debía ser un refugio, un lugar donde ella pudiera encontrar consuelo en medio de la tormenta.
—Vamos a salir de esto juntos —le susurré, acariciando su cabello—. Te prometo que estaré a tu lado, siempre.
Justo en ese momento su madre apareció y en un tono severo nos reprendió.
—¿Qué es esto? ¿Qué tipo de espectáculo están dando? Francesca, ¿esa es la educación que te di? ¿Cómo es posible que estén dando esas demostraciones de afecto en público? —inquirió con el rostro transformado por la rabia.







