El salón de baile de los Delacroix raramente se usaba. Las cortinas de terciopelo burdeos permanecían corridas la mayor parte del tiempo, cubriendo los enormes ventanales que daban al jardín. Los candelabros de cristal colgaban como esqueletos brillantes del techo alto, y el suelo de mármol pulido reflejaba las pocas luces encendidas como un espejo oscuro.
Clara nunca había entrado allí. No había razón para que una institutriz cruzara esas puertas, no había necesidad de que sus pies tocaran ese