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El auto negro se deslizaba por las calles de Londres con la misma inevitabilidad con la que una piedra cae al agua. Observaba por la ventana cómo la ciudad se transformaba gradualmente de elegantes edificios victorianos a estructuras más funcionales y menos hermosas. El hospital-prisión donde mantenían a Adrian se encontraba en las afueras, un edificio gris que parecía diseñado específicamente para drenar cualquier rastro de esperanza de quienes lo miraban.

Edward conducía en silencio. Sus manos sobre el volante eran firmes, pero yo podía ver la tensión en sus nudillos, la forma en que su mandíbula se apretaba cada vez que girábamos una esquina que nos acercaba más a nuestro destino.

Podría decirle que cambie de rumbo, pensé. Podría pedirle que regresemos a la mansión, que olvidemos esta idea terrible.

Pero no lo hice.

—¿Est&

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