VICTORIA.
El silencio en este apartamento de lujo es opresivo, que me dan ganas de llorar.
Camino por el vestidor gigante, mirando las hileras de vestidos de seda, abrigos de diseñador y zapatos que Maximiliano mando para mi. Todo aquí grita su nombre. Todo tiene el sello de su control.
Sostengo una maleta vacía en la mano y la indecisión me carcome. ¿Debería empacar toda esta ropa? Dejarla aquí sería un desperdicio, pero llevármela se siente como cargar con sus cadenas a otra parte.
Suelto el