VICTORIA.
La oficina del detective era un cubículo asfixiante, atiborrado de carpetas amarillentas y con un persistente olor a tabaco rancio. Me senté frente a su escritorio sin que me lo ofreciera. Crucé las piernas, mantuve la espalda rígida y lo clavé con una mirada que no admitía titubeos.
El detective me observó por encima de sus carpetas, con esa parsimonia irritante que usan los policías para desestabilizar.
—Señora... o debo decirle Victoria —empezó, entrelazando los dedos—. Sé que es u