VICTORIA.
Me miré al espejo del vestidor. Cuatro semanas. Un pestañeo en el tiempo, pero suficiente para cambiar las reglas del juego. Me acomodé el abrigo negro, ajusté el cinturón con firmeza y deslicé los dedos sobre mi vientre plano. El frío en el estómago no era por las náuseas; era pura rabia concentrada. A Max no lo iban a refundir en una celda por una basura como Adel, no lo iba a permitir.
Terminé de abrocharme las botas y bajé las escaleras a paso rápido.
Al llegar a la planta baja, T