VICTORIA.
La mansión de los Markov es jodidamente enorme. Entramos por el vestíbulo principal a paso lento, con el silencio pesado gobernando el aire. Yo no recuerdo haber pisado jamás este lugar.
Tuve que venir. No tuve opción. No me quedó otra puta alternativa. Su amenaza de sacarme cargada del hospital en presencia de los médicos, sumada al peso de saber que Adel está suelto en las calles buscándome para terminar el trabajo, me obligaron a subir al maldito sedán.
Pero venir no significa cede