Mundo ficciónIniciar sesiónDesde que era una niña, Sabrina encontró refugio en las novelas románticas. Mientras otras niñas soñaban con princesas, ella soñaba con convertirse en la protagonista de una de aquellas historias donde el amor siempre encontraba el camino y los finales felices estaban garantizados. Pero la realidad jamás le concedió ese privilegio. Durante años vivió a la sombra de su hermana menor, quien luchaba contra la leucemia. Sabrina sacrificó su infancia, sus sueños y hasta su propia identidad para convertirse en el apoyo silencioso de una familia que nunca parecía verla. Todo giraba alrededor de su hermana: las preocupaciones, los elogios, el amor. Y cuando finalmente la enfermedad desapareció, nada cambió. Su hermana siguió siendo el centro del universo de todos, mientras Sabrina continuaba siendo la hija olvidada. Como si eso no fuera suficiente, la vida decide arrebatarle lo poco que le quedaba. Es traicionada por quienes consideraba amigos, y el único hombre que había amado la abandona para comenzar una relación con la misma persona que siempre le robó todo: su hermana. Destrozada, Sabrina acepta un empleo en una de las corporaciones más poderosas del país. Lo que no sabe es que ese trabajo cambiará su destino para siempre. Será la secretaria personal de dos CEO, dos hombres multimillonarios, dos hombres dominantes, dos hombres acostumbrados a conseguir todo lo que desean, Dos hermanos, los Zhao-Bach. Y por alguna razón que ninguno logra explicar, ambos terminan fijando sus ojos en la única mujer que nunca se ha considerado especial. Sabrina siempre soñó con protagonizar una novela romántica. El problema es que el universo escuchó mal. Porque lo que está a punto de vivir no es un cuento de hadas. Es una historia de obsesión, deseo, secretos y pasiones peligrosas donde dos hombres están dispuestos a destruirlo todo por ella.
Leer másSabrina nunca había tenido tanto, ni tampoco se había sentido tan desesperada como lo estaba en ese momento, ni siquiera meses atrás cuando pensó que realmente lo había perdido todo, la desesperación que sentía en este momento, en verdad no la había sentido jamás.
Tenía la ciudad a sus pies, de forma literal, desde el ventanal del piso cincuenta y algo, Nueva York era un mar de luces que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, Y qué decir del mármol bajo sus rodillas, era frío sí, pero también era sumamente carísimo, y es que el pent‑house donde estaba arrodillada valía más que todo lo que había pasado por sus manos en veinticuatro años.
Y aun así, estaba llorando como la misma pobre estúpida patética que siempre había sido, tenía el rostro empapado en lágrimas que caían sobre el suelo perfecto, y por un breve segundo pensó que nada en su vida había cambiado, porque si, pudiese ser que ahora estuviese rodeada de… riquezas, y aun así se sentía tan desesperada, que su mirada comenzó a vagar por el lugar, buscando algo, quizás un mínimo de esperanza, tal vez un ancla al presente, o un vistazo hacia el pasado, pero todo lo que había allí, era demasiado nuevo para ella, a excepción de una cosa, y fue cuando sus ojos se clavaron en aquel rincón, ese que pretendía ser el más íntimo, allí donde había decidido que estaría su pequeña biblioteca.
Y fue cuando la realidad atroz la golpeó de lleno, y es que era tan ridícula, porque era consciente que, en aquel mueble minimalista, en un pasado no muy lejano, aquella esquina del salón había mostrado verdaderas obras de arte, auténticas invaluables, acompañada de tratados de economía biografías motivacionales o manuales de liderazgo, ahora, sin embargo, ella había colocado allí… sus estúpidas historias de hombres lobos, cuentos de hadas, reinos mágicos y títulos largos en letras doradas.
Fantasía romántica, ese era su refugio, a la vida tan m****a que le había tocado, novelas de hombres lobo, hadas, vampiros reformados, príncipes malditos, y por supuesto no podía pasar por alto las historias de renacidas que morían de forma horrible y despertaban en otro mundo con una segunda oportunidad para hacerlo todo distinto.
“El universo escuchó mi deseo.”
“Elegida por el destino.”
“Renací como la protagonista.”
Durante años, Sabrina se había avergonzado de esa biblioteca, porque mientras sus compañeras se compraban manuales para ascender en la empresa, libros de autoayuda, guías para “ser tu mejor versión”, ella escondía esas portadas bajo fundas negras, como si fueran pornografía, ahora, sin embargo, ya ni siquiera se molestaba en fingir.
Pero ahora miró ese rincón con una amargura que le quemó la garganta, porque durante tantos años lo había deseado… Había deseado renacer, para escapar de su vida patética, ella en verdad había anhelado ser la escogida del universo aunque fuera una vez, quizás de esa forma podría dejar de ser la sombra que caminaba entre todos, la cual nadie veía, mejor aún dejar de ser la cuidadora, la hermana invisible que todo tenía que dar sin recibir nada, tantas veces había fantaseado, mejor dicho tantas veces había deseado que el universo le concediera que el deseo, darle un buen futuro darle un giro a su vida darle… algo de lo que tanto le habían quitado.
Pero ahora era todo un caos, porque tal parecía que finalmente el universo la había escuchado, salvo que lo había hecho mal.
—Esto no puede estar pasándome… —susurró, con la voz rota.
No supo cuánto tiempo se quedó así, con el cuerpo encogido, las uñas clavadas en la falda, el pecho subiendo y bajando a trompicones, Solo sentía su respiración cortada y como el aire parecía que se negaba a entrar a sus pulmones.
—Por un demonio, ¿y ahora qué te sucede?
La voz de Kaito la arrancó del pozo en el que Sabrina había caído, o mejor dicho, en el que se había arrojado, la aparición de la pelinegra fue tan repentina, que Sabrina dio un respingo alzando su cabeza de inmediato.
Kaito Zhao‑Bach estaba de pie a unos metros, cruzada de brazos, y sus tacones clavados en el mármol, mirándola como si no fuera la misma mujer con la que había reído dos noches antes viendo una mala comedia romántica, y por primera vez desde que la conoció, Sabrina no vio en ella a una amiga, sino más bien vio un fantasma, no porque Kaito le hubiera hecho algo, sino porque Kaito era la hermana de ellos... De los dos, y Sabrina había hecho algo imperdonable.
—Sabrina. —la voz de Kaito salió más baja, más peligrosa— si no me dices en este momento qué demonios te sucede, voy a buscar a alguno de mis hermanos.
Las palabras de Kaito fueron como un disparo, tanto así que Sabrina intentó ponerse de pie tan rápido que el mundo le dio vueltas, aun así, logro incorporarse un par de centímetros antes de que las piernas le fallaran y volviera a caer de rodillas.
—No. —jadeó— No, por favor, no hagas eso, por nada del mundo llames a tus hermanos.
Kaito la miró horrorizada y no era para menos, y es que ese pent‑house, ese piso de mármol, ese ventanal con vistas a Manhattan… todo lo que tenía Sabrina era por una razón muy simple, y esa era que los hermanos de Kaito habían decidido que la querían en su vida.
Sabrina les debía el puesto de trabajo, el sueldo obsceno, la seguridad, incluso su libertad, eran sus jefes, sus protectores… sus condenas… Haruki e Hikara Zhao‑Bach, eran los Tigres que se habían encaprichado con ese dulce canario.
—Por los dioses… —murmuró Kaito, avanzando un paso— ¿Cómo te atreves a arrodillarte frente a mí? Ponte de pie, anda, antes de que me hagan cortar la cabeza por dejar que su “tesoro” se humille así.
Hablaba medio en broma, medio en serio, y es que Sabrina sabía que había un lado de la familia Zhao que solo conocía de oídas, el lado que gobernaba en la sombra, que manejaba más que empresas, Kaito, en cambio, había crecido con eso, sabía muy bien las normas no escritas, y una de ella era que nadie que fuera reclamado por un Zhao‑Bach debía arrodillarse ante otro.
Sabrina tragó saliva.
—Yo… yo cometí un error. —balbuceó, tropezándose con las palabras— Un error enorme, no sé cómo pasó, no sé cómo permití que pasara, pero pasó… Primero con uno, luego con el otro y ahora…
La rubia se tapó la cara con ambas manos, sentía que no podía ni ver a la cara a Kaito, sentía que incluso la había traicionado a ella.
—Ahora lo he echado todo a perder. —sollozó la rubia— Ahora estoy perdida... De verdad.
Kaito apretó la mandíbula, porque definitivamente no estaba entendiendo nada, y ella odiaba no entender, por lo que se acercó, la tomó de los brazos quizás con más firmeza de la necesaria, y la obligó a levantarse lo justo para sentarla en uno de los sofás carísimos que dominaban el salón.
—No estoy comprendiendo una m****a. —dijo, sin adornos— y eso es raro en mí, así que respira, lento y pausado, busca tu calma, porque si tú caes, mis hermanos se van al fondo contigo, pero antes de eso… —sus ojos negros se endurecieron— van a destruir medio mundo.
Sabrina intentó contener el sollozo, pero no podía, porque sabía que era verdad, porque esos hombres la habían sacado de un departamento húmedo donde contaba monedas para el bús, la habían llevado a un mundo que solo había visto en sus novelas, le habían abierto puertas, cuentas bancarias, cielos que ella solo veía de lejos y ella, a cambio, había hecho lo peor que podía imaginar.
—Estoy embarazada. —escupió, de golpe, como si se arrancara algo del pecho, y Kaito se quedó helada, pero Sabrina continuo, porque una vez que lo dijo en voz alta… ya no podía parar. —Estoy embarazada de uno de tus hermanos… y no sé de cuál.
El silencio se hizo tan denso que Sabrina casi pudo oír el eco de sus propias palabras rebotando en las paredes de cristal, y ante el silencio de Kaito, Sabrina rompió en llanto de forma estrepitosa, tanto así que parecía estar convulsionando sobre el sofá, con las manos aferradas a la tela de la falda como si de eso dependiera no caerse al vacío.
Porque ya había caído en sus camas, en sus brazos, en sus voces, no al mismo tiempo por supuesto, no en el mismo lugar, solo fue una noche con Haruki, después de un viaje, después de un miedo compartido, y otra con Hikara, después de una discusión, después de una copa de más y una caricia de menos, ella creía haber fallado, ser una aprovechada embustera, y es que Sabrina nunca supo que las trampas estaban tendidas, ella no tenía como saber que los dos sabían, que los dos querían, que los dos la habían encerrado en una historia que se parecía peligrosamente a las que llenaban su biblioteca, solo que de una forma un poco retorcida.
Sabrina se encorvó sobre sí misma, sintiendo que todo el mármol del mundo se abría bajo sus pies, mientras que Kaito no se movió durante unos segundos, porque el apellido Zhao‑Bach pesaba sobre sus hombros como nunca, porque así como manejaban en el lado oriental del mundo, a través de la mafia, también se regían por el destino, y estaba más que claro que Sabrina era el destino de sus hermanos, pero también estaba lo otro, el hecho de que ellos manejaban el lado occidental, el lado Bach, y ese así como les concedía fortuna y poder gracias a contactos y empresas, cargaba con una maldición, y era el complicarlo absolutamente todo, y los idiotas de sus hermanos realmente lo habían complicado todo, y en la mente de Kaito solo una idea era factible para tratar de solucionar las cosas, era hora de dejar Nueva York.
Era hora de llevar a ese canario directamente a las tierras del Tigre Blanco, donde las decisiones realmente importantes se tomaban bajo la mirada de Shen, Dalia y Lizbeth.
Porque si no arreglaban pronto lo que Haruki e Hikara habían enredado con tanta obsesión y tan poca cabeza, Sabrina no iba a morir a manos de ningún enemigo, ella iba a morirse de pura pena, al estar convencida de que había traicionado a los dos hombres que, sin que el universo se lo hubiera explicado bien, la habían convertido en su destino.
Sabrina se obligó a no retorcer las manos, porque malditamente ella había aprendido más que bien a mantener sus emociones bajo una máscara, y eso también se lo debía a Valeria, aunque por supuesto que no podría culparla en este caso, solo eran los partes médicos, esos que no eran nada alentadores para su pequeña hermana y que, sin embargo, cuando Sabrina debía ingresar en la habitación de Valeria, una sonrisa se posaba en sus labios como si nada malo sucediera.—Que es… —lo animó.Hikara la miró de arriba abajo, aunque no de forma vulgar, pero sí con una intensidad que la incomodó, porque sus ojos azules se demoraron una fracción de segundo más de lo debido en sus caderas, en el contorno de sus muslos bajo el pantalón.—El uniforme. —dijo, finalmente— Aquí, la mayoría de las asistentes usa un tipo estándar, traje sastre, chaqueta entallada, falda lápiz, y nuestros proveedores trabajan con ciertas medidas… habituales, y tú…Hikara dejó la frase en el aire, como si invitara a que ella l
Sabrina se detuvo un instante en el umbral, y cuando la recepcionista abrió la puerta, los vio allí, sentados uno junto al otro, y por un segundo creyó que el estómago se le iba a caer al piso, gemelos, en verdad eran gemelos y la descripción que había escuchado en el pasillo no les hacía justicia.Trajes oscuros impecables, mismas facciones afiladas, mismos hombros anchos, misma mandíbula fuerte, aunque el de la derecha tenía los ojos negros, profundos, hipnóticos, y el de la izquierda, azules, tan claros que parecían casi un truco de luz, en verdad la entrevistarían los Zhao‑Bach.—Señorita Sabrina Reyes. —anunció la responsable de Recursos Humanos, y luego añadió, en un tono que intentaba ser profesional. — Los señores Zhao‑Bach quisieron encargarse personalmente de esta entrevista.Como si hiciera falta aclararlo.—Gracias. —consiguió decir Sabrina, entrando.Sentía el corazón golpeándole en las costillas, aun así, sus pasos eran firmes, y eso se debía a los años de aprender a cam
El nombre quedó suspendido en el aire, Elena parpadeó, sorprendida, pero no indignada.—¿Qué…? —balbuceó, llevando una mano al pecho.—Sé cómo suena. —se apresuró a decir Michael— Lo sé, y no espero que lo entiendan de inmediato, pero debo ser sincero, desde siempre… desde que éramos adolescentes, yo… sentí algo por Valeria.Elena se llevó una mano a la boca, mientras que Fernando frunció el ceño, más por protocolo que por auténtica indignación, y Alex cerró los ojos un segundo.—Entonces, ¿por qué empezaste a salir con Sabrina? —preguntó Alex, con la voz baja pero firme, y Michael tragó saliva.—Porque Valeria era apenas una niña, porque… —hizo una pausa, eligiendo bien las palabras. — Porque estar cerca de Sabrina era la única forma de estar cerca de Valeria sin que fuera inapropiado, y sé que suena horrible, y maldición, lo es, y me arrepiento, de verdad, pero… los sentimientos no siempre se eligen.Michael hizo una pausa, quizás dándole la oportunidad a la familia Reyes te decir a
Sabrina nunca supo decirle que no a Valeria, eso estaba más que claro.—Solo será un ratito, Sabri, te lo juro —insistió su hermana, colgándose de su brazo con un dramatismo calculado— Además, necesito tu opinión, nadie entiende mi estilo como tú.Sabrina miró de reojo la pantalla del celular, tenía abierto el correo de la agencia de empleo, una oferta a medio leer, un formulario por completar, y su estómago se encogió, porque cada día sin trabajo era un recordatorio de que lo había perdido por ceder una y otra vez a los caprichos de la misma persona que ahora le sonreía con ojitos brillantes, la misma persona por la que sus padres habrían dado la vida sin dudar.—Valeria, mamá me pidió que averigüe sobre esos cursos online, y tengo que terminar el currículum, además, Michael dijo que…—Michael, Michael, Michael. —bufó Valeria, haciendo un puchero— Siempre tienes tiempo para él, pero para mí nunca. ¿Te acuerdas cuando yo estaba en el hospital? ¿Quién se quedaba conmigo? Tú. ¿Y ahora q
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