VICTORIA.
Me quedo sin aire. Las palabras flotan en el espacio de la habitación gigantesca como un balde de agua helada que me paraliza los músculos. El dolor de mi brazo izquierdo enyesado desaparece ante el peso de lo que acaba de soltar. Siento que el suelo se abre bajo mis pies.
—¿Secuestrada? —mi voz tiembla, apenas un susurro roto—. ¿De qué está hablando? ¿Quién la tiene? ¡No juegue con eso, Maximiliano! ¡Dígame la verdad!
—Tienes que escucharme atentamente Victoria—suelta él sin rodeos,