VICTORIA
La miro, completamente confundida por su confesión y por la amabilidad con la que me sostiene el brazo ahora.
—¿Y qué cambió entonces? ¿Por qué está aquí cuidándome?
—Las circunstancias, Victoria —responde ella, su rostro ensombreciéndose de golpe—. Tu accidente... y me enteré de algunas cosas.
—¿De cuáles cosas? —insisto, dando un paso hacia adelante.
—A tu debido tiempo lo sabrás. No me corresponde a mí decírtelo —me corta Tania con firmeza, dándome una palmada suave en el hombro san