La noche era fría, húmeda, y el viento golpeaba con fuerza los ventanales rotos del edificio abandonado que servía de refugio. Hernán caminaba de un lado a otro, con el rostro cubierto por una capucha oscura y los ojos cansados. Cada paso que daba resonaba como un eco del mismo pensamiento que no dejaba de atormentarlo: Milenne.
Hernán suspiró mirando la luna junto a sus estrellas, era la segunda noche fuera de una celda, la noche anterior los demás hombres que los acompañaron decidieron seguir