El amanecer llegó con un aire distinto en la residencia Daurella.
Las puertas del gran salón de conferencias se abrieron temprano, dejando ver un ir y venir de empleados, reporteros y directivos de la empresa. Cada rincón parecía cargado de expectación: la heredera perdida de la familia Daurella iba a ser presentada oficialmente.
Milenne, frente al espejo de su habitación, ajustaba los puños de su traje con una calma que solo aparentaba.
El reflejo que la observaba no era ella de aquella niña temerosa que desapareció años atrás; era ella de una mujer formada por la adversidad, de mirada firme, mandíbula tensa y un porte que imponía respeto.
Pero dentro, su corazón latía con fuerza.
—¿Lista, señorita Daurella? —preguntó el mayordomo desde la puerta, con una sonrisa contenida.
Milenne asintió despacio.
—Lista...
El hombre mayor rió suavemente.
—Su abuelo dice que los verdaderos Daurella simplemente lo están bajo cualquier circunstancia.
Las palabras la hicieron sonreí