El evento había terminado en la empresa, pero más tarde el eco de los aplausos aún resonaba en los pasillos de la residencia Daurella.
Milenne caminaba despacio, con el abrigo sobre los hombros y la mirada perdida. Había pasado la jornada repitiendo sonrisas, estrechando manos y escuchando felicitaciones que apenas alcanzaba a procesar. Todo había sido un torbellino: su nombre pronunciado ante el mundo, los flashes, el orgullo en los ojos de su abuelo y al mismo tiempo, un vacío extraño en el