El sonido del teléfono rompió el silencio del despacho. Gerald levantó la vista de los documentos, cansado, con las mangas arremangadas y el ceño levemente fruncido. Había pasado semanas sin noticias relevantes, pero esa llamada, a las once de la noche, no podía ser casual. Tomó el móvil y respondió con voz baja, controlada, pero cargada de una tensión que solo él entendía.
—¿Detective Smith?
—Señor Moguer —contestó la voz grave del otro lado— Lamento llamarlo a esta hora, pero encontré lo que