El sonido de sus pieles chocando reverberaba en la estancia mezclándose con las melodías vibrantes de la música clásica. La sinfonía armonizaba con el apasionado encuentro, estimulándolos más.
Alexander se dejó llevar por la receptividad de Emilia, olvidándose de todo lo demás. Mientras todas las mujeres antes de ella se desvivían por complacerlo, la pelinegra solo se enfocaba en su propio placer, desinhibiéndose sin prejuicios, demandando con voz aterciopelada que se moviera más rápido, o más fuerte.
Dejó de importarle el someterla, ya ni siquiera se trataba de conquistarla, el único pensamiento dentro de su cabeza era enterrarse en ella, hundirse en el placer salvaje y puro que lo estaba consumiendo.
Ver el rostro de Emilia contraído de placer, sus labios rojos y húmedos, apetitosos, provocativos; sus pechos bailando al son de sus estocadas, incluso el sonido musical que escapaba de su garganta; todos y cada uno de los detalles de ella se convirtieron en un hechizo.
La maldita cosit