El colchón olía a humedad vieja y a billetes que habían pasado por demasiadas manos.
Valentín clavó los dedos y tiró, sintiendo la fibra áspera rasgarle los nudillos. El borde cedió con un susurro mugriento y aparecieron los fajos envueltos en cinta de embalar como si fueran órganos recién extraídos. Contó a ojo, respirando por la boca para no tragar polvo.
De fondo, el aire acondicionado parecía un animal enfermo.
—Dos minutos y nos vamos —dijo en voz baja, hablándole al cuarto como si el cuar