La sala de la casa de Gino Baggio en las afueras olía a madera vieja y a whisky que prometía ayuda.
Robert el líder Mancini había llegado media hora antes con su sonrisa de funcionario triste. En la mesa había mapas plastificados del condado y un cenicero con colillas que nadie se animaba a vaciar.
—El primer lote llegó —anunció Baggio, acariciándose el mentón con dedos que conocían demasiado bien la matemática del riesgo—. ARs y unos lanzagranadas. Limpio, sin marcas. Bueno creo que nuestra qu