El mar anochecía con una piel gris; el sol todavía no se había decidido por esconderse, pero no tardaría en hacerlo.
El yate modesto cortaba la lámina del agua dejando un camino de espuma que olía a sal y gasolina.
Alma, con el cabello recogido en una trenza apretada, llevaba una mano apoyada en la barriga y la otra aferrada al borde del asiento como si el plástico pudiera prometerle estabilidad.
—No deberías estar aquí —murmuró Valentín, acercándose para cubrirla del spray helado, mientras el