Primero vibró el suelo, no como terremoto sino como trueno atrapado en cemento; luego vino el estallido de vidrio por el ala oeste, después otro por la biblioteca, y enseguida el trallazo de los fusiles doblando el aire, pops secos de alguna metralleta y el crack bronco rebotando desde la calle. Veinte hombres entraron a la calle de la bahía como si el asfalto les perteneciera, avanzaron en abanico, tres pickups y dos motos de apoyo, y abrieron fuego sin aviso.
Las ventanas estallaron hacia ade