Los días que siguieron a la advertencia de Isabela fueron una cuerda tensa que nadie se atrevía a cortar.
La calma esa piel fina que recubría la casa de Coconut Grove no era más que una pintura barata sobre un muro cuarteado.
Alma y Valentín lo sabían.
Cada minuto parecía un preludio, y cualquier vibración del aire podía ser el golpe de gracia.
Desde que llegaron a la mansión, el ambiente había cambiado. La casa, que antes ofrecía un refugio de madera encerada y luces cálidas, ahora parecía resp