Miami no era un lugar de paz.
Era un lugar de flashes de cámaras y murmullos tensos que se deslizaban entre los muros del juzgado federal como espectros.
Varias ambulancias estaban apostadas frente al edificio, junto a camionetas blindadas, policías federales armados y un enjambre de periodistas con micrófonos y rostros ansiosos por captar el momento histórico.
Valentín Moretti descendió del vehículo de custodia con las manos esposadas y los ojos cargados de una rabia silenciosa.
Mientras sus z