Alma Rossi avanzaba por el pasillo alfombrado de la clínica como si no caminara con sus propias piernas. Al llegar frente a la puerta del consultorio, la abrió y el aroma a desinfectante la golpeó como una bofetada de un recuerdo oculto, uno que prefería no desempolvar.
El doctor Vásquez se puso de pie al instante.
Hombre de mediana edad, rostro curtido por la rutina, bata blanca sin una sola arruga, y una mirada que parecía haberlo visto todo sin inmutarse. Sus movimientos eran exactos, casi q