El zumbido grave de un extractor roto parecía medir el tiempo.
Alma sentía el frío del cañón en su palma como una verdad que quemaba al revés; el sudor le corría por la nuca, lento, traicionero. Valentín barría con la mirada la línea de hombres frente a ellos, cuatro de Tony contra diez suyos, con Enzo clavado a su derecha como una estaca.
—Basta… —gruñó Valentín, dando un paso adelante mientras levantaba la mano vacía y dejaba el arma bajar hasta su muslo, como si se descargara en su propia pie