La mañana en Coral Gables era un espejismo de calma. Desde la terraza, el sol bañaba la ciudad como si no supiera que el mundo estaba a punto de arder.
Alma apareció en bata, el cabello recogido con una pinza negra, la mirada seca y sin brillo.
Sus pasos eran lentos, pero firmes, como el de un león herido que, aun sangrando, vuelve al campo de batalla con los ojos encendidos de furia y propósito.
Se sentó a la mesa del salón privado donde Enzo y Andreas, aún con sus heridas, tomaban café y revi