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3. El despacho del enemigo

El despacho norte del Alfa olía a pino oscuro, a tinta y a algo debajo de todo eso que no era ninguna de esas cosas, pero que el cuerpo reconocía antes de que la mente encontrara el nombre.

Llegué a las siete cincuenta. Diez minutos antes, porque la puntualidad exacta en una cita que no pediste es una forma de decir que necesitabas prepararte, y yo no le regalaba esa información a nadie.

Llamé dos veces. Nadie respondió. La puerta estaba entreabierta.

Entré.

Era una habitación que sabía lo que era. No había adornos que no cumplieran una función, ningún cuadro colgado por estética, ningún objeto colocado por suavidad. Madera oscura en todas las superficies. Estantes hasta el techo en dos paredes, ocupados con archivos numerados en un sistema que no era el de la biblioteca universitaria. Un escritorio central de dimensiones que comunicaban algo sobre quién se sentaba detrás de él. Dos sillas frente al escritorio para visitas, de respaldo recto y sin cojín, diseñadas para que las reuniones fueran breves.

Me quedé en la entrada durante diez segundos y leí la habitación como leía cualquier espacio nuevo: puertas, ventanas, ángulos muertos, objetos fuera de lugar. Había una puerta lateral, probablemente hacia un archivo. Las ventanas daban al patio norte, con línea de visión al camino de acceso principal. Y en el escritorio, una taza de té a mitad, todavía con vapor, que no correspondía a ningún hábito que yo le hubiera atribuido al Alfa.

Alguien había estado aquí hace menos de diez minutos. Y se había ido antes de que yo llegara.

Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí.

* * *

Caden apareció por la puerta lateral veinte minutos después. Venía con la camisa oscura arremangada y una tensión en los dedos que no pertenecía al cansancio común. Por un segundo, antes de que levantara el muro de costumbre, vi al hombre debajo del Alfa. Dejó una carpeta en el escritorio sin mirarme, se sentó y abrió los documentos del día con la eficiencia de quien tiene el tiempo contado.

—El archivo del comité de rango está en el estante C, tercera balda —dijo, sin levantar los ojos—. Las actas del Consejo de la semana pasada deben digitalizarse antes del mediodía. La correspondencia de hoy está en la bandeja azul. Lo que tiene una raya roja en la esquina no lo tocas.

Lo escuché. Crucé hacia el estante C, encontré el archivo en el primer intento y volví al escritorio auxiliar del lateral oeste.

Empecé a trabajar.

El silencio entre nosotros duró cuarenta minutos. No era ausencia de sonido, sino tensión distribuida de manera uniforme por el espacio. Yo pasaba páginas y digitalizaba. Él revisaba documentos y firmaba. Pero lo observé con el margen de visión periférica que seis años de práctica me habían dado.

Caden Blackthorn no era frío. Frío habría sido fácil de leer. Lo suyo era más complicado: contención. La frialdad no gasta energía. La contención sí, y él la gastaba de forma constante, como alguien que lleva horas sujetando algo pesado con las manos y ha aprendido a no dejar que el esfuerzo se vea en la cara.

Me pregunté qué sujetaba. Y me molestó que la pregunta no sonara únicamente estratégica.

No era una pregunta romántica. Era práctica. Entender qué contenía una persona revelaba más que cualquier expediente.

* * *

A las diez y cuarto necesité el archivo Blackthorn-Consejo del año anterior, ubicado en el estante más alto del lado este. Había una escalera de biblioteca que se deslizaba sobre una barra horizontal. La empujé hasta la posición correcta, subí y encontré la carpeta donde debía estar.

Fue en el tercer peldaño desde arriba cuando la escalera se movió.

No fue un movimiento grande. Solo el suficiente para que el peso cambiara en el ángulo equivocado. Me agarré al estante con la mano libre y sentí las hojas de la bandeja superior caer a mis pies.

Y entonces una mano se cerró en mi cintura.

Firme. Sin dudar. El tipo de agarre que no pide permiso porque no tuvo tiempo de pedirlo, porque el instinto llegó antes que la decisión.

Me quedé inmóvil en el peldaño. Caden estaba debajo de mí, demasiado cerca, con el calor de su mano atravesando la tela del uniforme. No habló. No me bajó. Solo esperó a que recuperara el equilibrio, y cuando lo hice, retiró la mano.

La retirada no eliminó el contacto. Lo dejó flotando en la piel, absurdo y persistente, como una marca sin permiso pero también sin intención de daño. Mi cuerpo registró el lugar exacto donde sus dedos habían estado con una precisión que mi mente, ofendida por esa falta de disciplina, intentó convertir en dato útil.

No pudo.

Eso me molestó más que su mano.

Bajé con el archivo en los brazos. Recogí los papeles del suelo. Me giré.

Quedamos a menos de un metro.

Caden no retrocedió. Yo tampoco. El aire entre los dos tenía una densidad distinta al resto de la habitación, como si ese radio obedeciera otras reglas. La loba dentro de mí levantó la cabeza con la misma quietud con que lo había hecho en la Sala Grande: sin urgencia, sin alarma, con la calma de quien reconoce algo y espera a que yo llegue a la misma conclusión.

Sus ojos eran ámbar oscuro. Y en ese momento no miraban como el Alfa que evalúa un elemento de su manada. Miraban con algo más directo, más peligroso, algo que tardé dos segundos en clasificar: reconocimiento. Como si me hubiera visto antes. Como si llevara tiempo esperando que algo en mi cara confirmara una sospecha.

Respiré una vez, tomé el archivo y volví a mi escritorio.

—El archivo estaba en su lugar —dije, con la voz que no traiciona nada—. La escalera no.

Él regresó al escritorio sin responder.

Pero tardó tres segundos en sentarse.

* * *

Sierra Vane llegó a las once sin llamar.

Entró con la naturalidad de quien tiene llave y la costumbre de no necesitarla. Vestía crema, un color que en Blackthorn University decía más sobre rango que cualquier insignia. Me miró durante el tiempo justo para inventariarme: uniforme de trabajo, pelo recogido, escritorio lateral, manos sin adornos. El inventario duró dos segundos y el resultado apareció en la comisura de su boca.

—Blackthorn —dijo, como si yo fuera un ruido de fondo—. Tengo la agenda del viernes.

Se acercó al escritorio del Alfa, dejó una carpeta y apoyó las manos sobre la madera con una familiaridad diseñada para ser registrada.

La registré.

Caden tomó la carpeta sin decir nada. Sierra se irguió y giró hacia mí con una amabilidad venenosa.

—Omega Cross —dijo, con una amabilidad tan afilada que parecía educada solo porque no levantaba la voz—. Veo que ya encontraste tu rincón. La última persona que estuvo en ese escritorio no llegó a la segunda semana.

—Lo sé. Se fue el día once.

Sierra parpadeó.

—Exactamente.

—Y el anterior duró dieciséis días. Y el anterior, ocho. El promedio es once coma tres. Lo revisé antes de aceptar el puesto.

Su sonrisa no desapareció, pero cambió de temperatura.

Antes de irse, Sierra se inclinó sobre el escritorio de Caden y bajó la voz a ese volumen preciso que pretendía ser privado y estaba calculado para que yo lo oyera perfectamente. Le recordó una reunión con los Vane, una cena, un compromiso que había que confirmar, y enumeró cada cosa con la cadencia de quien coloca joyas sobre una mesa para que quede claro de quién son. Luego se irguió y me miró una vez más, con la expresión de quien ha tomado la medida de un problema y ya sabe cuánto tardará en resolverlo.

—Disfruta el acceso mientras dura, Cross —dijo, en voz baja, solo para mí—. Las puertas que abre el Alfa también las cierro yo.

Se fue sin esperar respuesta.

El silencio que dejó tenía una textura diferente al de antes.

Seguí trabajando sin mirar a Caden. Pero sentí, con la misma certeza con que había sentido la escalera moverse, que él me miraba.

* * *

A mediodía recogí mis cosas. Al pasar junto al escritorio auxiliar para dejar el archivo en su lugar, vi una hoja suelta debajo del borde de la carpeta azul.

Mi nombre estaba en la esquina superior izquierda.

Debajo, una sola palabra.

Proteger.

Miré hacia el fondo del despacho. Caden seguía al teléfono, de espaldas, con la voz demasiado baja para entenderse desde donde yo estaba.

Doblé la hoja. Me la guardé en el bolsillo del uniforme.

Y salí antes de preguntarme demasiadas cosas sobre lo que acababa de encontrar. Sobre los tres segundos en el estante. Sobre el peso de su mano en mi cintura. Sobre el hecho de que Caden Blackthorn había escrito mi nombre, a solas, en un papel que no debía estar en ningún expediente.

Proteger no significaba una sola cosa. Podía ser cuidado. Podía ser control.

Podía ser las dos cosas al mismo tiempo, que era el tipo más peligroso.

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