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4. Ojos de plata en el callejón

Salí del despacho a la una menos cuarto con tres datos nuevos en la memoria: el sistema de numeración de los archivos del estante este, la firma que aparecía en los documentos del Consejo que Caden dejaba sin firmar —y que no era la suya—, y el nombre que Knox había mencionado por teléfono cuando creyó que yo no escuchaba.

Mourne.

Lo guardé y tomé el camino largo hacia la cafetería, el que pasaba por el ala de archivos del edificio norte. La ventana del corredor lateral tenía el tercer listón de la celosía flojo desde la base, y desde ese ángulo podía leerse el rótulo de las baldas públicas sin necesidad de entrar. Dos semanas había tardado en ubicar esa posición antes de usarla.

Vi lo que necesitaba: el expediente de Elena Cross catalogado en la balda once, fila C, sección de registros históricos de Omega.

Estaba en el sistema. No lo habían borrado todavía.

Pero el índice de consultas recientes mostraba una entrada de la semana anterior sin nombre de usuario visible. Alguien lo había revisado. Y ese alguien tenía nivel de acceso suficiente para desaparecer del registro.

Anoté la posición en la memoria y seguí hacia el edificio académico sur.

Ese fue mi error.

* * *

El callejón trasero del edificio sur era el camino más corto hacia la cafetería si una quería evitar el patio central durante la hora de mayor circulación. Flanqueado por dos muros de piedra. Salida a derecha e izquierda. Sin testigos habituales después del mediodía.

Eso también lo sabían ellos.

Dos Betas me esperaban. El de la izquierda había estado con Renn Holt en el laboratorio esa mañana. El de la derecha era nuevo para mí, elegido probablemente por tamaño y no por imaginación.

—Omega —dijo el primero—. Qué casualidad.

No era casualidad. Me habían seguido desde el despacho. Lo que significaba que alguien les había dado el encargo, y el encargo tenía que ver con lo que yo podía haber oído en cuarenta y ocho horas junto al Alfa.

—Sigan —dije—. Tengo hambre.

El grande dio un paso y bloqueó la salida de la derecha.

—El despacho del Alfa no cambia lo que eres —dijo el primero—. Puedes limpiar su escritorio todo el año y sigues siendo una Omega de servicio. Sin familia. Sin historia. Sin nada.

Conté. Uno, dos, tres. Respiré.

—Oyes cosas —añadió—. Del Alfa, del Consejo, de sus reuniones. Eso no es tuyo para guardarlo.

Ahí estaba el motivo real. No mi rango: lo que podía saber.

—¿Quién manda? —pregunté.

El Beta grande no se conformó con bloquear la salida. Avanzó hasta quedar a menos de un metro y levantó la mano hacia mi hombro con una lentitud deliberada, dándome tiempo para imaginar el contacto antes de que ocurriera. Eso era otra forma de violencia en Blackthorn: hacer que el cuerpo se preparara para el golpe incluso cuando el golpe todavía no llegaba. El otro sonrió al verlo, más tranquilo ahora que la escena tenía dirección.

Miré sus botas, no sus rostros, porque mirar hacia abajo seguía siendo parte de la máscara. Pero debajo de la máscara mi loba ya no estaba dormida. Medía distancias, peso, respiración. Había una salida a la derecha, otra a la izquierda, dos cuerpos entre ambas y tres segundos antes de que el Beta grande decidiera que la mano en el hombro ya no era suficiente.

Podía dejar que lo hiciera. Podía seguir siendo la Omega que el campus necesitaba que yo fuera.

O podía romper una regla.

Solo una.

Lo mínimo necesario para que recordaran el miedo sin poder explicar por qué lo sentían.

La rabia no llegó como fuego. Llegó como frío.

* * *

Lo que ocurrió después no duró más de cinco segundos.

No fueron cinco segundos de pelea. Fueron cinco segundos durante los cuales el poder que llevaba seis años enterrando encontró la grieta más fina en mis defensas y empujó desde dentro.

Mis ojos cambiaron. Lo supe por la presión helada detrás de las pupilas, por la manera en que la visión se afinó hasta volverse casi dolorosa, por la información llegando en capas simultáneas: el pulso acelerado del grande por encima de lo que su postura tranquila intentaba comunicar, el microtemblor en la pierna izquierda del otro, el olor del aire entre nosotros espesándose con algo que el instinto animal reconocía como advertencia.

El callejón se quedó sin aire.

No hubo viento ni relámpago. Solo una ausencia súbita de presión, como si algo en el espacio hubiera decidido colapsar hacia un centro, y ese centro era yo.

Los dos se detuvieron.

No porque yo hubiera levantado la mano. No porque hubiese gritado. Se detuvieron porque el cuerpo, cuando recibe una información que contradice todo lo que cree saber sobre el peligro, necesita un segundo para procesar antes de seguir moviéndose.

Ese segundo fue suficiente.

—Me conocen a mí —dije, con la voz más baja que tenía, la que usaba cuando no quería que costara esfuerzo escuchar—. Yo todavía no los conozco a ustedes. Eso va a cambiar. Y cuando cambie, será porque lo pidieron.

El Beta de la izquierda abrió la boca.

El grande se la cerró antes de que hablara, con una mano breve en su brazo. Un gesto pequeño, lleno de sentido común tardío.

Se fueron por la salida de la derecha sin correr. Era la única forma de conservar algo de dignidad.

* * *

Cuando sus pasos desaparecieron, solté el aire que no sabía que había estado reteniendo.

Las piernas me sostuvieron por orgullo, no por fuerza. El poder se retiró de mis ojos con lentitud, como una marea que no quiere obedecer, y cuando volvió la visión normal el callejón pareció demasiado estrecho. Sentí náuseas. No por ellos. Por mí. Porque durante esos cinco segundos había querido hacer más. Había querido que Renn, que Sierra, que quien hubiera mandado a esos dos Betas sintieran lo mismo.

Ese deseo era más peligroso que el callejón.

Las manos me temblaban.

Me las miré y las cerré hasta que el temblor quedó oculto dentro de los puños.

Eso era lo que nadie contaba sobre el poder. No el instante de usarlo. El momento después, cuando el cuerpo pasaba la factura de haber sostenido algo demasiado grande y no había nadie a quien decirle que el costo era exactamente ese: el temblor privado de manos en un callejón vacío.

Me apoyé en el muro. Cerré los ojos. Los abrí.

Y entonces miré hacia arriba.

Algo había cambiado en el espacio alrededor del callejón, con la sutileza de un bosque cuando descubre que hay ojos entre los árboles. En la ventana del tercer piso, detrás del vidrio que a esa hora reflejaba más de lo que transparentaba, había una silueta. Inmóvil, demasiado recta, demasiado sola para confundirse con cualquier otro estudiante.

No pude ver su expresión. La anchura de los hombros y la postura inmóvil eran suficientes. Una de sus manos estaba apoyada contra el vidrio, cerrada en un puño. Eso no lo absolvía. Solo hacía más insoportable que hubiera elegido quedarse arriba.

Caden Blackthorn lo había visto todo.

Desde el principio.

No había bajado. No había intervenido.

La rabia llegó limpia, sin las capas de la mañana ni del despacho. Me había observado desde arriba como si yo fuera una prueba que él había diseñado, y yo la había pasado sin saber que me estaba examinando. Y la nota en el bolsillo —proteger, una sola palabra sin firma ni explicación— de repente tenía un filo diferente. No era promesa. Era declaración de propiedad.

Conté hasta veinte.

Guardé la rabia donde guardaba todo lo que todavía no podía usar.

Y fui a comer.

Detrás de mí, en la ventana del tercer piso, la silueta no se movió.

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