Mundo ficciónIniciar sesiónPetra tardó tres días en convencerme de ir a la fiesta de los Zeta.
Fue porque me dijo algo que no pude desmentir:
—Tienes que recordar que eres una persona además de un plan de supervivencia.
Yo estaba rodeada de notas del despacho: nombres, horarios, rutas del ala norte. Todo útil. Todo necesario. Todo muerto.
—Eso suena peligroso.
—Eso se llama vivir.
Acepté una hora. Petra consiguió una hora y media porque negociaba mejor cuando fingía no hacerlo.
El sótano Zeta no aparecía en ningún mapa oficial de Blackthorn University. Esa era su virtud: al no existir, las reglas de rango entraban debilitadas.
La puerta bajaba a un espacio caluroso, lleno de tuberías, cajas viejas y luces colgadas con cables visibles. Allí nadie esperaba que una Omega sirviera primero. Nadie miraba los cuellos buscando marcas de obediencia.
Por unas horas, el mundo tenía una grieta.
Me quedé junto a la pared. Siempre lo hacía. Leí el lugar antes de habitarlo: dos salidas, una ventana demasiado estrecha, un Beta incómodo y varios Omegas riendo sin bajar la voz.
Esa risa me golpeó más que la música. Allí abajo, por algún milagro pequeño, una Omega podía ser solo una persona riendo.
Petra me puso una bebida en la mano.
—No la analices. Bébela.
Sabía a manzana, especias y desobediencia.
Después me arrastró al centro del sótano. Mi cuerpo no supo qué hacer. Estaba entrenado para calcular distancia, no ritmo. Pero la música subió, Petra soltó una carcajada, y algo en mí se aflojó sin permiso.
Bailé una canción. Después otra.
No bien. No con gracia. Pero durante veinte minutos dejé que la música me moviera antes que la sospecha. Reí de verdad.
Petra lo notó.
—Cuando te ríes pareces otra.
—Cuando me río parezco descuidada.
—No, Naya. Pareces viva.
No respondí. Tal vez porque durante esos veinte minutos lo fui.
Knox Mercer apareció cuando yo llevaba una hora y treinta y siete minutos en el sótano.
Knox no venía vestido para la fiesta. Entró con la postura de quien porta una orden que preferiría no entregar.
La música siguió, pero a mi alrededor el aire se enfrió.
Yo crucé hacia él.
—Cross. El Alfa quiere verte.
A esa hora. Sin papel. Sin testigos. Sin explicación. Después del callejón. Después de la nota con mi nombre. Después de su silueta inmóvil en la ventana mientras dos Betas descubrían que una Omega podía hacerlos retroceder sin levantar una mano.
—¿Ahora?
Knox asintió.
Busqué a Petra. Ella no se acercó. Solo me miró como si quisiera decirme diez cosas y supiera que ninguna podía protegerme.
—Dile que me fui.
—Ya lo sabe.
Claro que sí.
El ala norte estaba vacía.
La fiesta quedó atrás como un sueño mal iluminado. Cada paso hacia el despacho me devolvía a la superficie, a la piedra fría, al pino, a la jerarquía. Knox caminó conmigo sin hablar.
El olor del despacho llegó antes de la puerta: pino oscuro, cuero, tinta y algo más vivo, algo que mi cuerpo reconoció con una rapidez que me irritó. Mi loba levantó la cabeza. No con miedo. Con atención.
Knox abrió.
—Está dentro.
Y se quedó fuera.
Entré.
El despacho estaba casi a oscuras. Solo la lámpara del escritorio iluminaba los documentos. Caden Blackthorn estaba junto a la ventana, de espaldas, con la camisa oscura arremangada y los hombros rígidos.
Sobre el escritorio había dos tazas limpias.
Dos no eran cortesía.
Eran intención.
Caden se giró. A esa luz, el cansancio bajo sus ojos no debilitaba su belleza; la volvía más peligrosa, porque parecía costarle sostener el control.
—Gracias por venir —dijo.
La cortesía me incomodó más que una orden.
—Knox no lo presentó como invitación.
—No. Supongo que no.
Caden miró las carpetas abiertas sobre el escritorio. Una de ellas tenía mi apellido escrito a mano.
Cross.
Entonces empezó a decir cosas que nadie debería saber: mis turnos, mis cambios de asignación, los lugares del campus que evitaba. Mencionó registros incompletos, rutas alteradas, archivos consultados antes de que yo llegara.
No lo hizo como acusación. Lo hizo como quien reconstruye una vida a partir de huellas ajenas.
Cada dato era correcto. Eso era lo peor.
—Eso es observación eficiente —dije—. No evidencia.
Caden apoyó las manos en el escritorio.
—No. Lo que vi en el callejón sí lo es.
Todo desapareció: el sótano, la música, la risa de Petra. Quedó solo el callejón. Los Betas. El aire colapsando hacia mí. Mis ojos ardiendo de plata. Y Caden en la ventana, inmóvil, viendo lo que nadie debía ver.
—Una Omega estándar no le roba el aire a un callejón —continuó—. Dos Betas no retroceden así. Eso no fue debilidad, Naya Cross. Fue poder contenido demasiado tiempo.
Mi nombre en su boca fue una amenaza distinta.
—¿Qué quieres, Alfa?
Su mirada bajó a mi boca durante un segundo exacto. Después volvió a mis ojos, pero el lugar donde había mirado ardió como una respuesta que yo no había autorizado.
—La verdad —dijo—. Y que decidas si seguimos con la ficción o si hablamos de lo que realmente eres.
Di un paso hacia el escritorio. Me detuve a metro y medio. Cerca para que la tensión existiera. Lejos para que no ganara.
—¿Y qué crees tú que soy?
Caden tardó en responder.
—Creo que eres exactamente lo que el Consejo lleva décadas buscando. Y creo que por eso finges ser invisible.
El miedo debió llegar primero. No lo hizo. Primero llegó el alivio.
Breve. Traicionero. Humillante.
Alguien había nombrado la jaula que yo llevaba sola demasiado tiempo. Lo enterré.
—Lo viste todo desde la ventana.
—Sí.
—Y no bajaste.
—No.
La rabia volvió limpia.
—¿Por qué?
—Porque si bajaba, el campus sabía que me importaba lo que te pasara. Y si el campus lo sabía, el Consejo también. Dejabas de ser una sospecha y te convertías en una orden.
La explicación era lógica. Eso la hacía peor.
—No me protegiste. Me usaste como prueba.
El golpe le llegó. Lo vi en su mandíbula.
—Sí.
Una sola palabra.
—La asignación al despacho no fue casualidad —continuó—. En los últimos meses reuní pruebas suficientes para saber que tu debilidad era una máscara. Intenté mantenerte cerca antes de que Mourne entendiera qué estaba mirando.
Mourne.
El nombre cayó entre nosotros como una puerta abriéndose en un lugar oscuro.
—Me moviste como una pieza.
Caden cerró los ojos un instante.
—Sí.
Quise odiarlo más por eso. No pude. Caden aceptaba la parte de monstruo que le correspondía.
—No vuelvas a llamar proteger a decidir por mí sin preguntarme.
Cuando volvió a mirarme, había algo crudo debajo del control.
—Tienes razón.
No pidió perdón. Todavía no. Pero por primera vez pareció entender que salvar no bastaba si para hacerlo me quitaba la voz.
Miré las carpetas. Mi apellido. Los sellos. Las rutas borradas.
—¿Cuánto sabes de mi madre?
La temperatura del despacho cambió.
Caden no respondió rápido.
Ese fue su error.
—Más de lo que debería haberte ocultado —dijo al fin.
El vínculo vibró entre nosotros como una cuerda tensada hasta el límite. Rabia, deseo, miedo, reconocimiento. Todo demasiado cerca.
Caden rodeó el escritorio despacio. Mi cuerpo se preparó para retroceder, pero él se detuvo antes de invadir mi espacio. No me tocó. Solo quedó ahí, a una distancia que parecía elegida para no dañarme.
Empezaba a entender que no todo podía tomarlo.
—No voy a exigirte nada esta noche.
Una parte de mí, la más cansada, quiso creerle.
—Entonces, ¿por qué me llamaste?
Caden miró las dos tazas limpias. Luego a mí.
—Porque después de ayer ya no puedo fingir que no sé. Y porque tú mereces decidir qué hacer con eso antes de que yo mueva otra pieza.
La palabra decidir se sintió extraña. En Blackthorn University casi nadie usaba ese verbo conmigo.
—Hasta el amanecer —dijo—. Tienes hasta el amanecer.
—¿Para qué?
—Para decidir si seguimos fingiendo que no sé lo que sé. O si empezamos a decirnos la verdad.
La frase no fue una orden. Tampoco una súplica. Fue algo peor: una puerta abierta.
Miré la salida. Después las dos tazas. Después a él.
Debajo del control había cansancio. Culpa. Y una soledad que se parecía demasiado a la mía.
Tal vez él no sería solo la jaula.
Tal vez también sería la primera grieta real en sus barrotes.
Caminé hacia la puerta sin responder. Mi mano ya estaba sobre el picaporte cuando la voz de Caden llegó desde el centro del despacho.
—Naya.
No me giré.
—No eres débil.
Cerré los ojos un segundo.
La frase no era nueva. Yo lo sabía. Pero en su voz sonó como algo que alguien por fin se atrevía a creer sin pedirme pruebas.
Abrí la puerta.
Knox estaba al otro lado del pasillo. No preguntó nada.
Salí para decidir si Caden Blackthorn era mi mayor amenaza.
O el único hombre capaz de ver lo que había debajo de mi máscara.
Por primera vez en seis años, la pregunta no me dejó sola.







