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2. La prometida del Alfa

La Sala Grande de Blackthorn University era una declaración de intenciones construida en piedra volcánica hace doscientos años por alguien que entendía que el poder necesita que el cuerpo lo sienta antes de que la mente lo acepte. Techo de roble oscuro, columnas que empezaban en el suelo y no terminaban donde la vista alcanzaba, ventanas largas que dejaban entrar luz sin calidez. En el centro, ligeramente elevada, la plataforma desde donde el Alfa hablaba cuando quería que todo el mundo recordara que Blackthorn era su nombre antes de ser una institución.

Yo estaba en la última fila, como siempre.

No era humillación. Era táctica. Desde atrás se veía quién miraba a quién antes de que el Alfa hablara, quién ajustaba la postura cuando la tensión subía, quién fingía atención y quién la sentía de verdad. La última fila era el mejor observatorio del campus, y nadie la quería porque significaba pertenecer al rango que limpiaba, servía y callaba.

La sala olía a pino, a cuero, a madera tratada y, debajo de todo eso, a lobo. No al lobo nervioso de los estudiantes amontonados, sino a algo más viejo y profundo que impregnaba las paredes como si llevara décadas acumulándose.

El olor del Alfa.

Lo sentí antes de verlo. La sala se aquietó antes de que la puerta lateral se abriera, como si el edificio hubiera aprendido a anticiparlo.

* * *

Caden Blackthorn entró y el espacio cambió de densidad.

No era la altura, aunque era considerable. No era la mandíbula o los hombros o la ropa oscura sin adorno. Ni siquiera era la belleza fría de un hombre al que nadie le había enseñado a pedir espacio porque todos se lo daban antes. Era la manera en que el aire de la sala reorganizaba su peso alrededor de él, como si la habitación entera hubiera estado esperando ese punto de referencia para saber hacia dónde orientarse. Los Betas de la primera fila enderezaron la espalda sin que nadie lo pidiera. Los Gammas bajaron los ojos durante medio segundo. Dos Epsilons cerca de mí contuvieron la respiración.

Y mi loba, que llevaba seis años perfectamente contenida, se despertó por segunda vez en el mismo día.

Lo sentí como un tirón en el centro del pecho: calor, reconocimiento, un impulso hacia adelante que me obligó a clavar los pies en el suelo y respirar despacio, muy despacio, hasta que la loba entendió que no era el momento. No desapareció del todo. Se quedó cerca, vigilante, con la cabeza levantada.

La odiaba cuando hacía eso.

Fue entonces cuando apareció Sierra Vane.

Entró por la misma puerta lateral dos segundos después de Caden, con el movimiento fluido de quien ha practicado una escena hasta lograr que parezca espontánea. Vestía azul marino, ningún adorno innecesario, el pelo recogido con la clase de sencillez que cuesta dinero. Se colocó a la derecha de Caden con la naturalidad de quien ocupa un espacio que ya considera propio, le rozó el brazo con los dedos —apenas, el gesto más pequeño posible y a la vez el más visible desde cualquier punto de la sala— y sonrió hacia todos.

Era el tipo de sonrisa que no estaba dirigida a nadie y llegaba a todo el mundo.

Incluida yo.

Lo que sentí no era envidia. Me dije que no era envidia mientras los dedos de Sierra se cerraban alrededor del brazo del Alfa con la familiaridad de quien marca territorio en público y sabe exactamente lo que está haciendo. Lo que sentí era indignación abstracta, me dije, por la manera en que el poder funcionaba en este campus, por la forma en que Sierra usaba la geometría de los cuerpos para comunicar posesión sin tener que decirlo en voz alta.

Necesité respirar dos veces antes de volver a mirar al frente.

Eso tampoco era envidia. Era observación.

* * *

Knox Mercer leyó el programa del día desde el podio. Eventos del semestre, normas revisadas, renovaciones de espacios. La sala escuchó con la atención distribuida de quien sabe que el mensaje real llegará más tarde.

Entonces Caden se adelantó hacia el borde de la plataforma y la sala se afinó como una cuerda tensa.

Habló de entrenamientos, de la revisión de leyes de rango, de acuerdos con otras manadas. Su voz era grave, sin adornos, de esas que no necesitan volumen para que nadie interrumpa. Yo lo escuché y lo observé hacer lo que yo hacía con todos al entrar a una habitación: mirar. La sala, los rangos, los rostros. Una revisión sistemática de territorio.

Y luego llegó a la última fila.

La segunda vez que sus ojos encontraron los míos tenía un peso diferente al del patio de la mañana. Allí había sido accidente de trayectoria. Aquí no lo era. Aquí la sala entera estaba mirando hacia la plataforma, lo que significaba que casi nadie veía lo que yo veía: que la mirada de Caden Blackthorn se había detenido en el mismo punto de la última fila por segunda vez en el mismo día, y que esa detención duraba exactamente dos segundos de más.

Bajé los ojos primero.

No porque fuera sumisa. Porque si lo miraba más, algo dentro de mí iba a responder, y yo no podía permitirme eso en público.

Cuando volví a levantar la vista, él ya estaba en otro punto de la sala. Su expresión no había cambiado. Pero a cuatro filas de distancia, Sierra Vane se había girado hacia la última fila con la expresión quieta y calculada de alguien que acaba de confirmar una sospecha.

Sus ojos encontraron los míos.

No fue una mirada larga. Fue suficiente.

* * *

La ceremonia terminó y la sala se disolvió en el ruido de doscientas personas buscando salidas distintas. Esperé a que la última fila estuviera casi vacía antes de levantarme, que era mi modo habitual de evitar los cuellos de botella.

No llegué a la puerta.

Sierra Vane me esperaba en el pasillo lateral, con dos amigas Betas a distancia decorativa. No bloqueaba el camino. Solo estaba ahí, con esa presencia específica de quien no necesita moverse para ocupar el espacio.

—Omega Cross —dijo, con el tono de quien nombra una curiosidad menor—. Qué interesante asignación la de hoy.

—Sí.

Una sílaba. Mi regla.

—El último asistente del despacho del Alfa era un Delta. Muy capaz. No llegó a la segunda semana.

—Lo sé. El día once.

Sierra levantó una ceja.

—¿Lo investigaste?

—El promedio de permanencia es once coma tres días. Lo revisé antes de aceptar el puesto.

Un silencio breve. Las amigas Betas intercambiaron una mirada que no intentaron ocultar. Sierra inclinó la cabeza apenas un grado, como quien recalibra algo internamente sin dejar que el recálculo se vea en la cara.

—Qué meticulosa —dijo—. Espero que eso te sirva de algo.

No era un deseo. Era un diagnóstico.

Caden apareció al final del pasillo antes de que Sierra pudiera añadir otra cosa. No venía deprisa, pero su presencia bastó para que las dos Betas corrigieran la postura. Sierra no se apartó; sonrió, suave, impecable, como si la conversación hubiera sido amable.

—Blackthorn —dijo.

Él apenas la miró. Sus ojos pasaron por ella y llegaron a mí.

—Mañana a las ocho —dijo—. Despacho norte. Planta dos.

No era una pregunta. Tampoco sonó como una orden dirigida a una sirvienta. Sonó como una línea trazada en el suelo frente a todos; una línea que protegía y exponía al mismo tiempo.

Sierra lo notó. Yo también.

—¿Hay algo que deba saber antes de empezar? —pregunté.

Caden sostuvo mi mirada durante un segundo. En ese segundo, el olor del Alfa se mezcló con el pulso de mi loba y el pasillo dejó de parecer un pasillo.

—Sí —respondió—. Que no todo lo que entra en mi despacho sale igual.

Una amenaza breve. O una advertencia. Todavía no sabía cuál de las dos cosas me inquietaba más.

Se fue antes de explicar nada.

Sierra esperó a que sus pasos desaparecieran. Luego se inclinó apenas hacia mí.

—Disfruta la curiosidad del Alfa mientras dure, Cross —susurró—. Las cosas que él mira demasiado tiempo terminan rompiéndose.

Se alejó con sus amigas sin mirar atrás.

Yo me quedé en el pasillo el tiempo suficiente para que mi respiración volviera a ser mía.

Mañana a las ocho.

Y Sierra ya había decidido que yo era un problema.

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