Cap. 84 No es valentía.

Ginevra entró como un torbellino de terciopelo negro, su energía nerviosa convertida en una determinación feroz.

—Todo listo. Marco tiene dos autos a tres calles de distancia. El equipo de respuesta está camuflado como servicio de catering. La palabra está activa. —Se acercó a Dayana.

—Tú eres la reina en este tablero, cuñada. Actúa como tal. Pisa fuerte y mira a esa víbora de Bárbara como si fuera una sirvienta torpe.

Ares apareció en el marco de la puerta. Iba de negro, como ella, pero en un traje que parecía fundido a su cuerpo. No iba a la gala. Iba a la guerra. Cruzó la habitación y, sin importarle la presencia de las otras, tomó el rostro de Dayana entre sus manos.

—Minotauro —susurró, su frente contra la de ella.

—Si lo dices, el mundo se les viene encima en sesenta segundos. No dudes. Confía en tu instinto como confías en mí.

Ella asintió, sintiendo el latido de su pulso en sus sienes.

—Lo haré. Por nosotros. Por Alessio.

El beso que le dio no fue de despedida, sino de promesa
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