Cap. 137 Eso no lo discute nadie
La mansión había alcanzado ese equilibrio precario que las familias con niños pequeños conocen bien: una paz tensa, siempre al borde del colapso, pero hogar al fin y al cabo.
Hasta que Leonardo decidió declarar la guerra.
Esa mañana, el pequeño tirano se había superado a sí mismo. Había llorado durante el desayuno porque el puré no estaba a la temperatura exacta. Había llorado durante el cambio de pañal porque la toallita estaba "demasiado fría" (aunque Dayana la había calentado entre sus manos