La mansión vieja nunca había brillado como aquella noche de Navidad.
Luces cálidas adornaban cada rincón, el aroma a galletas recién horneadas y ponche de frutas flotaba en el aire, y el árbol. Bárbara observaba la escena desde su sillón favorito, cerca de la chimenea. Tenía ochenta y tantos años, su pelo era completamente blanco y sus movimientos más lentos, pero en sus ojos había una paz que nadie le había conocido en su juventud.
Una tranquilidad aterradora, como decían sus hijas, porque la