OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 58.
El coche avanzaba por las calles casi vacías de la ciudad, iluminadas apenas por las farolas que lanzaban destellos anaranjados sobre el asfalto húmedo. La madrugada envolvía todo en un silencio extraño, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración junto a nosotros.
Yo lloraba… No era un llanto escandaloso ni desesperado, sino uno silencioso, contenido, que me sacudía por dentro sin que pudiera detenerlo. Tenía una mano apoyada sobre el vientre y la otra aferrada al cinturón de