El nombre de la traicionera de su esposa seguía repitiéndose en su mente cuando una bala impactó en su brazo izquierdo. Al instante, la sangre caliente le empapó la manga de su chaqueta.
Maldijo entre dientes, agachándose más detrás del contenedor mientras las ráfagas seguían silbando sobre su cabeza.
—¡Cubran la salida este! —gritó a los pocos hombres que quedaban en pie.
Dos más cayeron casi al instante, mientras la policía avanzaba implacablemente. Disparó una última ráfaga para cubrirse y