—¡Se acabaron las faltas de respeto en esta casa! —dijo, quitando el seguro del arma—. ¡Todas ustedes van a aprender a respetarme!
—¡Marcos!
Lucía se atravesó, colocándose frente a su adorado yerno y sosteniendo la mano que tenía la pistola en alto, haciendo que la bajara.
—¿Qué es esto, hijo mío? Tú no eres así —dijo con suavidad, tratando de controlarlo.
—¡¿No soy cómo?! —la empujó, apuntándole con una mano temblorosa—. Míreme bien la cara, señora. ¡Esto soy! ¡En esto me convirtió su hija!