Corleone se acercó a la cuna con pasos lentos y suaves, su atención dividida entre no tropezar con nada y no dejar caer a su pequeña hija. Nunca se había sentido más atemorizado que cuando pusieron a su bebé en sus brazos y aun no había superado su miedo. Jamás había sostenido algo tan pequeño… ni tan importante. Llevaba en sus brazos a uno de sus tesoros más preciados, y sentía que, si no era lo suficientemente cuidadoso, podría lastimarla.
Al llegar junto a la cuna, se inclinó con delicadeza