Caterine giró la perilla de la puerta y estuvo a punto de soltar una maldición cuando esta no cedió. Refunfuñando por lo bajo, dio un par de golpes suaves. En cuanto, Corleone abrió la puerta entró en la habitación sin perder el tiempo, obligándolo a retroceder con el rostro llenó de confusión.
—Cúbrete los ojos —ordenó al ver cómo él la recorría con la mirada de pies a cabeza, sin la más mínima intención de disimularlo—. Es de mala suerte ver a la novia antes de la boda.
Aun si hubiera querido