No dije su nombre de inmediato porque hacerlo implicaba fijar una certeza que todavía no estaba preparada para sostener, y sin embargo mis ojos no se apartaron de él ni un segundo, como si en ese acto mínimo se jugara algo esencial, algo que iba más allá del miedo y se acercaba peligrosamente a la necesidad de confirmar que aquello que tenía enfrente seguía siendo… él, aunque cada fibra de mi cuerpo empezaba a advertirme que la duda ya no era una reacción irracional sino una consecuencia lógica