Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Mia
Jake soltó una risa baja, cargada de burla, como si mi reacción hubiera sido exactamente lo que esperaba, como si mi incomodidad fuera un espectáculo privado diseñado solo para él, y apoyó los codos sobre la mesa con una calma insultante mientras me observaba procesar la idea de quedarme bajo el mismo techo que él, atrapada en ese espacio demasiado grande, demasiado silencioso, demasiado suyo.
—Relájate, corderito —murmuró, inclinando ligeramente la cabeza—. No eres tan interesante como para que cancele mi vida social por ti.
Apreté los labios, odiando el alivio que recorrió mi cuerpo al escuchar eso, odiando aún más que él lo notara, porque lo hizo, lo vi en la forma en que sus ojos brillaron apenas un segundo, como si acabara de confirmar algo.
—Tengo práctica de hockey —continuó con indiferencia, tomando su taza de café—, un partido el sábado por la noche… y después, planes mejores que quedarme aquí jugando a la familia feliz contigo.
Su tono era ligero, pero cada palabra llevaba ese filo que buscaba incomodarme, ponerme en mi lugar, recordarme que yo no era parte de su mundo, que nunca lo sería.
—Perfecto —respondí, con una calma que no sentía del todo—. Así podremos ignorarnos mutuamente como personas civilizadas.
Jake sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que siempre parecía esconder algo más.
—No te emociones tanto… siempre vuelvo. Ni creas que te voy a dejar estar en mi casa a tus anchas.
Y algo en la forma en que lo dijo, en ese tono bajo, casi íntimo, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. No respondí. No quería darle ese poder.
El resto del día pasó en una calma extraña, incómoda, como la antesala de algo que aún no terminaba de definirse, y cuando finalmente Jake se fue, la casa pareció exhalar, como si incluso las paredes se relajaran en su ausencia, aunque el silencio que dejó detrás no fue alivio… fue vacío.
El ama de llaves me encontró en el pasillo poco después, impecable, eficiente, con una sonrisa profesional que no alcanzaba a ser cálida, y me entregó una caja elegante junto con un sobre.
—La señora Pepper dejó esto para usted.
Fruncí ligeramente el ceño antes de tomarlo, sintiendo el peso de algo que no pedí, algo que ya sabía que vendría con condiciones invisibles.
Dentro había un teléfono nuevo, brillante, frío al tacto, demasiado perfecto, junto con una laptop delgada y elegante, todo acompañado por una nota breve, escrita con la caligrafía impecable de mi madre.
Para que no te aburras.
Y debajo, varias tarjetas de crédito.
Respiré hondo, cerrando los ojos un segundo.
No era un regalo esa ya lo sabía demasiado bien esto era control disfrazado de cuidado.
Dejé todo sobre la cama sin tocarlo demasiado tiempo, como si pudiera quemarme, y cuando el silencio volvió a envolverme, tomé una decisión simple: no iba a quedarme encerrada sintiéndome pequeña.
Así que salí.
Explorar la mansión fue como caminar dentro de una vitrina perfecta, cada pasillo diseñado con una precisión casi obsesiva, donde la luz cálida caía en ángulos exactos, reflejándose sobre pisos de mármol pulido que devolvían mi imagen como si me observaran, como si cuestionaran mi presencia allí, las paredes adornadas con cuadros elegantes, demasiado caros, demasiado impersonales, y el aire… el aire siempre olía limpio, pulcro, con ese perfume sutil que no lograba ocultar la falta de vida real.
Las escaleras se abrían en curvas suaves, los pasillos se extendían en silencio absoluto, las habitaciones cerradas escondían secretos que no me pertenecían, y cada puerta que no abría me hacía sentir más ajena, más pequeña dentro de un mundo que claramente no estaba hecho para mí.
Los jardines, visibles desde los ventanales, eran impecables, perfectamente recortados, sin una sola hoja fuera de lugar, tan controlados como todo lo demás, tan falsamente perfectos que resultaban intimidantes.
No había caos pero tampoco había vida, solo orden. Y yo no encajaba en nada de eso.
Volví a mi habitación cuando el cansancio empezó a pesar más que la curiosidad, acomodando mi pie sobre la cama mientras encendía la laptop, dejando que el sonido llenara el espacio que el silencio insistía en ocupar, y sin pensarlo demasiado terminé viendo Outlander, perdiéndome en una historia que no era la mía, en emociones que, por un momento, me permitían escapar de la mía.
Tomé el teléfono, abrí el contacto de mi madre y lo observé. Y luego lo cerré.
No.
No iba a darle ese poder.
No otra vez.
El cansancio me venció sin darme cuenta, arrastrándome a un sueño pesado, inquieto, donde nada era claro y todo se mezclaba en fragmentos de recuerdos, de miedo, de su voz, de su cercanía.
Desperté en medio de la madrugada con hambre y con la garganta seca, una sensación incómoda que me obligó a incorporarme lentamente, el dolor en el pie aún presente pero soportable, y durante un momento dudé, observando la oscuridad de la habitación, el silencio absoluto de la casa.
Pero el hambre y la sed pudo más.
Salí.
El pasillo estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz tenue que se filtraba desde la planta baja, y cada paso parecía más ruidoso de lo que debería, como si la casa misma escuchara, como si no estuviera tan vacía como parecía.
Cuando llegué a la cocina, el agua fría fue un alivio inmediato, calmando la sequedad en mi garganta, devolviéndome un poco de claridad, había una pizza sobre la encimera intacta y aún caliente, verifique que no tuviera piña ya que soy alérgica a ella me comí un pedazo sin detenerme a pensarlo lo suficiente, iba a mitad del segundo pedazo… hasta que lo escuché.
Un sonido, bajo, ahogado, irregular.
Mi cuerpo se tensó sin que pudiera evitarlo.
No estaba sola, el aire cambió. Y antes de poder detenerme, antes de pensar en lo que hacía, avancé lentamente hacia la sala. La oscuridad lo envolvía todo, pero había movimiento, sombras que no coincidían con la quietud del resto de la casa, y entonces lo vi.
Jake.
Y no estaba solo.
La silueta de una chica sobre él, su cabello claro cayendo como una cortina desordenada, sus movimientos lentos, íntimos, demasiado cercanos, demasiado claros incluso en la oscuridad, y el reconocimiento llegó como un golpe seco.
Pamela Grant.
Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba, incómodo, inesperado, una mezcla extraña de rechazo, rabia… y algo más que no quise nombrar.
Debía irme, sabía que debía irme. Pero no lo hice.
Mis ojos se quedaron allí, atrapados en la escena, en la forma en que él se movía con total naturalidad, como si ese fuera su mundo, como si nada le afectara, como si yo no existiera.
Hasta que ocurrió algo inesperado, se detuvo. Y giró la cabeza. Directo hacia mí.
Sus ojos brillaron en la oscuridad, intensos, afilados, completamente conscientes, y entonces… sonrió.
No fue una sonrisa cualquiera, fue lenta, provocadora. Como si hubiera sabido todo el tiempo que yo estaba allí.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Y en ese instante, el control volvió a él.
Como siempre.
Retrocedí rápido.
Demasiado consciente de mi propia respiración, del calor en mi piel, de la incomodidad que me invadía como una ola imposible de detener.
Corrí de vuelta a la cocina, tomé la pizza, el vaso con agua y me fui a mi habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria, apoyando la espalda contra ella mientras mi corazón latía descontrolado.
Y esta vez… Esta vez pasé el pestillo. Porque si había algo que tenía claro, algo que ya no podía negar… Era que Jake Pepper no necesitaba permiso para invadirlo todo.
Y yo no estaba dispuesta a dejarle entrar.







