Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Mia
El sonido constante del monitor era lo único estable en la habitación, un pitido suave, rítmico, casi tranquilizador… si ignoraba el resto. El dolor en el tobillo, el peso en el pecho. La sensación de que mi vida se estaba desmoronando en cámara lenta.
Abrí los ojos con dificultad, parpadeando contra la luz blanca del hospital. Todo era demasiado limpio, demasiado ordenado, demasiado distante de la realidad caótica que me esperaba afuera.
Mi realidad.
Trabajo perdido, mi beca en riesgo, un enemigo peligroso que no se detenía. Y entonces la puerta se abrió, no fue un movimiento brusco, fue elegante. Medido. Como todo lo que hacía ella.
Priscilla Castelli entró en la habitación como si el lugar le perteneciera.
Cabello oscuro perfectamente peinado, maquillaje impecable, ropa de diseñador que caía sobre su cuerpo con una precisión casi ofensiva, ni una arruga, ni un error, ni una señal de vida real. Era perfecta. Y completamente ajena.
El contraste me golpeó de inmediato.
Yo, en una cama de hospital, con el cabello desordenado, la piel pálida, el cuerpo débil.
Ella, intacta, como si el tiempo no la tocara, como si nunca hubiera pasado un año desde la última vez que la vi, como si nunca me hubiera abandonado.
—Mia… —dijo, y su voz fue suave, controlada, casi ensayada.
No respondí, cómo podría. Porque no sabía qué decirle a la mujer que me dejó sola cuando más la necesitaba.
Entonces lo noté, ella no estaba sola, un hombre entró detrás de ella. Alto. Impecable. Seguro. Había algo en él que me resultaba familiar, pero mi mente, aún nublada, no lograba ubicarlo. Su presencia era… pesada. Como si no necesitara decir nada para llenar el espacio.
Mis dedos se tensaron sobre las sábanas.
—Recibí la llamada del hospital —continuó mi madre, acercándose un poco más— Dicen que te caíste desde una ventana.
Silencio.
—¿En qué estabas pensando?
Ahí estaba la Priscilla Castelli que recordaba. En ella no hay preocupación, ni tampoco alivio. Solo algo con que había lidiado muy bien desde que tenía uso de razón. Juicio.
—No estaba pensando en morir, si eso es lo que crees —respondí, con la voz áspera.
Sus ojos se afilaron apenas.
—Eso no es lo que parece.
Solté una risa sin humor.
—Claro. Porque tú siempre sabes exactamente lo que parece, ¿no?
El hombre a su lado nos observaba en silencio, como si estuviera evaluando cada palabra. Eso me incomodó más de lo que quería admitir.
—Vas a venir conmigo —dijo mi madre de pronto.
Parpadeé.
—¿Qué?
—No estás en condiciones de seguir viviendo sola jovencita—continuó, como si fuera una decisión ya tomada— Esto— —hizo un gesto vago hacia mi cuerpo, hacia la habitación— es prueba suficiente.
—Estoy bien.
—Te caíste de una ventana.
—Fue un accidente.
—Fue negligencia.
Apreté los dientes.
—No voy a ir contigo.
El silencio que siguió fue denso, demasiado peligroso.
Mi madre dio un paso más cerca, su expresión cambió. Ya no era suave. Era fría. Esa frialdad que seguía a la tormenta.
—Entonces no me dejas otra opción.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿De qué estás hablando?
—Si no vienes conmigo voluntariamente —dijo, bajando la voz—, me aseguraré de que te internen en un hospital psiquiátrico.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—Intento de autolesión, comportamiento de riesgo, antecedentes depresivos —enumeró con una precisión aterradora— No sería difícil construir el caso.
El aire desapareció de la habitación.
—No puedes hacer eso.
—Puedo —respondió simplemente.
Y lo peor… Era que sabía que decía la verdad.
Mis manos comenzaron a temblar. La conocía demasiado bien. Sabía que era capaz de cualquier cosa… y más. Durante un instante, ingenuamente, había pensado que un año entero sin ver a su única hija la habría ablandado. Pero, como siempre, me equivoqué.
—Desapareciste durante un año —susurré, con la voz temblando entre la rabia y el dolor— Me dejaste sola cuando papá murió… cuando todo se vino abajo…
Su expresión no cambió. Ni un solo gesto. Era de esperarse: estaba frente a la mujer que había abandonado a un hombre solo porque había quedado en bancarrota, incapaz de darle la vida de lujos que siempre había soñado. Una mujer capaz de anteponer su ambición y su comodidad a todo lo demás… incluso a su propia hija.
—Hice lo que tenía que hacer.
—¿Ah, sí? —mi voz se quebró, pero no me detuve— ¿También era necesario dejarme sin nada? ¿Sin ayuda? ¿Sin… sin siquiera una llamada?
El silencio fue su única respuesta. Cinco años, cinco años desde que mi padre murió de cáncer. Cinco años desde que aprendí lo que era realmente estar sola. Trabajos de medio tiempo, noches sin dormir. Pastillas para poder levantarme al día siguiente. Días grises, interminables.
Hasta que llegó la beca, mi única salida. Y luego…
Jake Pepper.
Cerré los ojos un segundo.
—He reconstruido mi vida —dije finalmente, con la voz baja pero firme— No te necesito.
—Quizás crees que no me necesites —respondió ella con frialdad— Pero necesitas estabilidad emocional y financiera.
Sus palabras fueron un golpe directo.
—Y ahora mismo —continuó mirándome con desdén— no tienes ninguna.
Miré alrededor de la cama. El hospital, mi tobillo inmovilizado, mi teléfono sin notificaciones, no había nadie que se preocupara por mi, pero eso lo aprendí hace cinco años atrás. Margot era una buena amiga, pero ella tenía sus problemas propios, así que tampoco la molestaba.
Así que solo estaba mi vida… tambaleándose.
Odiaba que tuviera razón.
—Dos días —dijo entonces— Te daré dos días para pensarlo.
No lo dijo como una opción, lo dijo como una sentencia.
Dos días después, estaba en su coche.
En silencio.
Un Mercedes-Benz S-Class negro brillante, impecable, con el cuero del interior tan perfecto que parecía recién salido del concesionario, y un aroma a madera pulida y cuero nuevo que me hacía sentir que pertenecía a otro mundo. Las luces de la ciudad se reflejaban en la carrocería como si todo Nueva York fuera un escaparate, lejano y ajeno a mi vida real.
Observaba cómo la ciudad cambiaba a través de la ventana, cada calle más limpia, cada edificio más imponente, recordándome con fuerza que mi vida nunca había estado hecha para este mundo… y ahora, de golpe, me habían lanzado a él.
Mi apartamento quedaba cerca de la Universidad de Columbia, en una zona donde los edificios estaban desgastados, las luces parpadeaban y el ruido nunca desaparecía del todo. Era lo único que podía pagar. Era pequeño, incómodo… pero era mío. O lo era.
Porque ya no lo tenía.
Ahora avanzamos hacia el otro extremo de Nueva York, calles limpias, edificios imponentes, silencio, control.
Cuando el coche se detuvo frente a una mansión de fachada impecable en el Upper East Side, supe que había cruzado una línea invisible. Una de la que no podría volver. Las rejas de hierro forjado brillaban bajo la luz de la tarde, y los setos perfectamente recortados bordeaban un camino de adoquines que serpenteaba hasta la entrada principal. Fuentes de mármol y estatuas decorativas salpicaban los jardines, cada detalle calculado para impresionar, intimidar… para recordarte que pertenecías a un mundo que no era el tuyo.
El interior era peor. Demasiado perfecto, demasiado ajeno. Cada pared parecía haber sido pintada la semana pasada, cada alfombra colocada con precisión quirúrgica. Los sirvientes, impecables, vestían uniformes clásicos: chaquetas negras ajustadas, camisas blancas inmaculadas, zapatos lustrados que brillaban como espejos. Sus movimientos eran silenciosos, medidos, atentos a cada detalle, como si existieran solo para anticipar cualquier necesidad antes de que se pidiera.
La luz cálida caía de candelabros de cristal que colgaban del techo, reflejando destellos en cada superficie pulida, mientras un aroma a comida recién hecha llenaba el aire, mezclándose con el perfume delicado de flores frescas dispuestas en cada mesa y repisa. Todo estaba diseñado para la perfección, para el control, para la admiración… y para recordarte que no pertenecías allí.
Me llevaron a mi nueva habitación. Era más grande que todo mi antiguo apartamento en las afueras de Nueva York, con techos altos, ventanales que se abrían a los jardines perfectamente cuidados, y un armario lleno de ropa nueva: prendas de diseñador cuidadosamente dobladas y colgadas, zapatos que jamás habría podido permitirme, accesorios brillantes y elegantes que me hacían sentir diminuta, insignificante, pero al mismo tiempo… vigilada.
Todo era lujo, todo era exceso. Todo me hacía consciente de lo lejos que estaba de mi antigua vida de sacrificios, beca y trabajos de medio tiempo. Y, aun así, dentro de esa perfección, no había ni una pizca de cariño genuino. Solo control y poder.
—Puedes quedarte aquí —dijo mi madre, como si nada de esto fuera extraño— Tendrás todo lo que necesites.
Solté una risa amarga.
—Claro. Porque eso siempre fue suficiente para ti.
Se giró lentamente.
—Ten cuidado, Mia.
—¿Con qué? —la enfrenté— ¿Con decir la verdad?
Mi voz temblaba, pero no retrocedí.
—Por fin encontraste a alguien que te diera la vida que querías, ¿no? —continué— Algo que papá nunca pudo darte. ¿Por eso te fuiste?
Su expresión se endureció.
—No hables de lo que no entiendes.
—Lo entiendo perfectamente —dije— Siempre quisiste más. Más dinero, más estatus, más… todo. Y cuando no lo tuviste, nos dejaste.
El silencio fue cortante.
—Mi padre estaba muriendo —añadí, con la voz rota— Y tú te fuiste igual.
Por un segundo… Solo un segundo… Algo cruzó su mirada. Pero así como apareció desapareció demasiado rápido.
—Esto no es una discusión —dijo con frialdad— Es una nueva oportunidad.
—Para ti, tal vez.
—Para ambas.
Negué con la cabeza.
—Yo no pedí esto.
—Pero lo necesitas.
Antes de que pudiera responder, una voz masculina profunda y elagante interrumpió desde la entrada.
—Veo que ya estás instalada Mia, espero todo sea de tu agrado.
Me giré para mirar al hombre que había acompañado a mi madre al hospital. Su traje a la medida, impecable, hablaba por sí solo: cada costura, cada pliegue, exudaba dinero y poder, el tipo de elegancia que no se improvisa. Cabello oscuro con algunas canas asomando y sus ojos azules, intensos y cálidos al mismo tiempo, me hicieron sentir que me evaluaba sin esfuerzo, como si pudiera leer cada rincón de mi miedo y mi rabia.
Había algo en él que me resultaba extrañamente familiar, una sensación que me revolvía el estómago. Lo había visto antes, estaba segura… pero ¿dónde? Dudaba mucho que frecuentara mis lugares habituales, esos cafés baratos y bibliotecas donde yo sobrevivía. Aun así, la memoria me picoteaba sin revelar la respuesta, dejándome con un frío incómodo que recorría mi espalda.
—Mia —dijo mi madre, con una calma que me heló la sangre— él es John Pepper.
El mundo se detuvo.
No.
No.
No podía ser.
—Mi esposo.
Las palabras cayeron como una sentencia. Y entonces, como si el universo no hubiera terminado de destruirme… Otra voz llenó el espacio.
—¿En serio?
Familiar, demasiado familiar. Giré lentamente. Y lo vi.
Jake Pepper estaba de pie en la entrada de la que sería mi nueva habitación, observándome, sonriendo. Esa misma sonrisa. La que prometía dolor. La que ya había arruinado mi vida.
—Esto se pone interesante —murmuró.
El aire desapareció de mis pulmones.







