Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Mia
El amanecer en la mansión no tenía nada de cálido, nada de reconfortante, a pesar de la luz suave que se filtraba por los ventanales y del aroma a café recién hecho que se deslizaba por los pasillos como una promesa de normalidad que no existía para mí, porque incluso el silencio aquí era distinto, pesado, contenido, como si cada pared guardara secretos que no estaban dispuestos a salir a la superficie, y yo, atrapada en medio de ese lujo asfixiante, no lograba encontrar un solo lugar donde pudiera respirar sin sentir que alguien me observaba, que algo me acechaba, que mi vida ya no me pertenecía del todo. Mi pie latía con un dolor sordo que subía por mi pierna cada vez que intentaba moverme, recordándome la caída, la biblioteca, el miedo, la sospecha que seguía clavada en mi pecho como una espina imposible de arrancar, porque Jake decía no saber nada, porque su confusión parecía real, pero eso no borraba el hecho de que alguien había querido hacerme daño, y ahora estaba aquí, en una casa que no era mía, rodeada de personas que no eran familia, compartiendo techo con el hombre que más odiaba… y que más me desestabilizaba.
Bajé las escaleras con cuidado, apoyándome en la barandilla, sintiendo el frío del metal bajo mis dedos, mientras el eco de mis propios pasos me hacía sentir aún más sola, más fuera de lugar, hasta que lo vi, sentado en el comedor como si hubiera nacido allí, como si cada mañana en ese lugar fuera una extensión natural de su existencia, Jake Pepper, impecable, arrogante, con la camisa abierta en el primer botón y el cabello aún húmedo, como si el mundo no pudiera tocarlo, como si nada pudiera realmente afectarlo, y por un instante, solo por un instante, odié la forma en que todo parecía encajarle sin esfuerzo.
—Vaya… —murmuró sin levantar la mirada de su taza, como si ya supiera que estaba allí, como si pudiera sentirme incluso antes de verme—. Pensé que después de ayer preferirías esconderte.
Me detuve en seco, apretando la mandíbula, sintiendo cómo la rabia comenzaba a hervir bajo mi piel, mezclándose con algo más peligroso, algo que no quería nombrar, porque reconocerlo sería perder terreno, sería admitir que él tenía efecto sobre mí.
—No todos tenemos el lujo de escondernos de la realidad, Jake —respondí, avanzando lentamente hasta la mesa, ignorando el leve temblor en mi pierna—. Algunos tenemos que enfrentarnos a ella… incluso cuando viene disfrazada de arrogancia y psicopatía. Antes creía que ni siquiera tenías una casa, que vivías encerrado en tu pequeño reino dentro del campus… pero ahora parece que tampoco sabes salir de esta.
Él alzó la vista entonces, y esa mirada… esa maldita mirada, se clavó en mí como si pudiera despojarme de todo, como si atravesara cada una de las barreras que intentaba levantar con tanto esfuerzo, y por un segundo sentí cómo el aire se volvía más denso, más pesado, como si respirar cerca de él fuera un error.
—Sigues obsesionada con culparme —dijo, inclinándose ligeramente hacia atrás en la silla, observándome con esa calma irritante que siempre lograba descolocarme—. Empieza a ser aburrido, corderito… —añadió con desdén, dejando la taza sobre la mesa con una precisión casi elegante—. Y para tu tranquilidad, sí, tengo un apartamento privado dentro del campus… pero últimamente prefiero esto —su mirada recorrió el espacio con una seguridad insultante antes de volver a mí—. Me gusta tener todo lo que me pertenece… bajo el mismo techo.
—¿Aburrido? —solté una risa seca, sin humor—. Casi muero, Jake. Si eso te parece aburrido, tienes un concepto muy retorcido de lo que es la diversión.
El silencio cayó entre nosotros, pero no era vacío, era tenso, cargado, como si algo invisible estuviera a punto de romperse, y entonces él dejó la taza sobre la mesa con una lentitud calculada, como si cada movimiento fuera parte de un juego que solo él entendía.
—No fui yo —dijo finalmente, y su voz no tenía la burla habitual, no tenía ese filo arrogante que siempre usaba como escudo, y eso… eso me descolocó más de lo que quería admitir—. Pero alguien quiere que lo creas.
Mi corazón dio un vuelco, y odié que esa posibilidad, la de que estuviera diciendo la verdad, se abriera paso en mi mente como una grieta peligrosa.
—Claro —respondí, cruzándome de brazos, aferrándome a la desconfianza como si fuera lo único que me mantenía a salvo—. Y ahora resulta que también eres la víctima.
Él sonrió, pero no era una sonrisa completa, era algo más oscuro, más contenido, como si estuviera midiendo cuánto mostrar.
—No necesito ser la víctima, corderito —murmuró, levantándose lentamente, su altura imponiéndose mientras acortaba la distancia entre nosotros—. Pero tampoco necesito cargar con culpas que no me pertenecen.
Se detuvo frente a mí, demasiado cerca, invadiendo mi espacio sin tocarme, obligándome a sentir el calor de su cuerpo, la tensión contenida en sus músculos, el aroma de su piel mezclado con ese perfume que ya comenzaba a reconocer demasiado bien, y odié la forma en que mi cuerpo reaccionó, la manera en que mi respiración se volvió más irregular, más consciente.
—Alguien te encerró —continuó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que parecía deslizarse por mi piel—. Alguien robó tu teléfono. Alguien quiere que mires hacia mí… mientras hace lo que sea que esté planeando.
Tragué saliva, odiando la lógica en sus palabras, odiando aún más que empezaran a tener sentido.
—¿Y qué sugieres? —pregunté, sosteniéndole la mirada, negándome a retroceder—. ¿Que confíe en ti?
Jake soltó una leve exhalación, casi una risa.
—No —dijo, inclinándose apenas más cerca, su voz rozando mis labios—. Sugiero que seas lo suficientemente inteligente como para dudar de todos… incluso de mí. Me gusta recordarte cuál es tu lugar en mi mundo, pero no quiero hacerte daño físicamente al menos que tú me lo pidas.
El mundo pareció detenerse en ese instante, en esa cercanía peligrosa donde el odio y el deseo se entrelazaban sin permiso, donde cada pensamiento racional se debilitaba frente a la intensidad de su presencia, y por un segundo, uno maldito y peligroso segundo, quise cerrar la distancia, borrar todo lo demás y dejarme llevar por esa tensión que nos consumía desde hacía demasiado tiempo.
Pero no lo hice.
No podía.
—Aléjate —susurré, más débil de lo que me hubiera gustado, pero aún firme.
Él no se movió de inmediato, y ese segundo de duda, de pausa, fue suficiente para hacerme perder el equilibrio emocional que tanto me costaba sostener.
—Si no fui yo… —añadió, sus ojos clavados en los míos, más serios de lo habitual—, entonces tienes un problema mucho más grande de lo que crees.
Un escalofrío me recorrió la espalda, frío, real, y por primera vez desde que todo había empezado, el miedo superó al enojo.
Porque tenía razón. Y eso era lo peor.
Jake finalmente se apartó, pero no del todo, nunca del todo, como si incluso la distancia fuera algo que él controlaba, y regresó a su lugar con esa misma seguridad irritante que lo definía, como si no acabara de alterar todo dentro de mí.
—Desayuna —dijo con indiferencia, retomando su taza—. Te vas a caer de nuevo si sigues actuando como si fueras invencible.
Apreté los labios, odiándolo, odiando cada palabra, cada gesto… y odiando aún más que, en el fondo, no pudiera ignorarlo.
—¿Dónde está mi madre? —pregunté, distraída, mientras me servía de los platones sobre la mesa, intentando aparentar normalidad ante la absurda cantidad de comida perfectamente presentada, demasiado elegante, demasiado tentadora para alguien que venía de contar monedas para comer.
Jake levantó la mirada hacia mí con una mezcla de curiosidad y diversión que no me gustó en absoluto, como si supiera algo que yo aún no.
—Ah… ¿no lo sabes? —murmuró con falsa indiferencia antes de llevarse una tostada a la boca, disfrutando cada segundo de la ventaja.
Fruncí el ceño, deteniéndome a mitad de movimiento.
—¿Saber qué? —pregunté, la confusión comenzando a tensar mi voz.
Él masticó con calma exasperante, saboreando no solo la comida, sino el momento.
—Los señores Pepper están pasando el fin de semana en los Hamptons —añadió con un deje de sarcasmo que hizo que algo en mi estómago se contrajera.
Sentí cómo el aire cambiaba a mi alrededor, volviéndose más pesado, más denso.
—¿E-estamos… solos en la casa? —pregunté, incapaz de ocultar la angustia que se filtró en mi voz.
Jake sonrió entonces, lento, peligroso, recostándose ligeramente en la silla como si aquello fuera exactamente lo que estaba esperando.
—Sí, corderito… completamente solos —murmuró, sosteniéndome la mirada con una intensidad incómoda—. ¿Tienes alguna idea para no aburrirnos?
M****a.
M****a.M****a.Pensé, mientras una sensación nada tranquilizadora comenzaba a trepar por mi espalda.







