El silencio tiene su propio lenguaje. Lo aprendí en la universidad, cuando estudiaba los patrones de comportamiento de asesinos seriales. Lo que no dicen revela más que sus palabras. Ahora, sentada en esta habitación llena de hombres armados, reconozco ese mismo silencio cargado de muerte.
La mansión de Elías se ha convertido en un búnker. Desde el ataque a uno de sus cargamentos hace tres días, la paranoia se respira como el humo de los cigarros que estos hombres encienden uno tras otro. Obser