La sangre me hervía mientras la arrastraba por el pasillo de la hacienda. Mis hombres bajaban la mirada cuando pasábamos, sabiendo que no era momento de intervenir. Camila forcejeaba, pero mi agarre en su brazo era implacable. La furia me cegaba tanto que apenas sentía sus golpes en mi espalda.
—¡Suéltame, animal! —gritó cuando cerré de un portazo la puerta de mi despacho.
La solté con un empujón que la hizo trastabillar. Sus ojos ardían con un fuego que rivalizaba con el mío. Tenía el labio pa