Mientras tanto, dentro del coche, Malú estaba tan nerviosa como Ravi. Su corazón latía acelerado, las manos sudaban y la ansiedad amenazaba con dominarla. Cuando llegó a la puerta de la catedral y escuchó los primeros acordes de la marcha nupcial, sintió que las lágrimas brotaban en sus ojos —no de miedo, sino de gratitud por aquel momento tan soñado.
Antes de ceder a la emoción, Olga le susurró a su lado, sujetándole el velo con cariño:
—¡Ahora no, querida! ¡Mira el maquillaje!
Malú rió entre