Gabriel todavía estaba de pie, con los ojos entrecerrados ante las palabras de Breno Ramírez. Sabía que su padre ocultaba algo importante, pero la respuesta tardaba, y su paciencia se agotaba.
—¿Por qué? —exigió, cortante.
Breno, encarando a su hijo, intentó decir algo:
—Gabriel, primero necesito…
—¿Pregunté por qué, señor Breno Ramírez? —repitió, la voz cargada de desconfianza—. Y no intente engañarme, no soy un investigador cualquiera. Reconozco mentiras a kilómetros de distancia. ¡Si inventa