Mientras decía eso, Eduardo bajaba la escalera de la mano de Diana, acompañado de Luna y del doctor Rangel. Luna llevaba en brazos al bebé de Natalia, que había despertado y ya buscaba los brazos de su madre.
—Gracias, joven, por salvar a mi princesita —dijo Eduardo con una voz cargada de emoción—. No tengo palabras para agradecerte. De mi parte, siempre tendrás mi eterna gratitud. Al fin y al cabo, mis hijos son lo más importante en mi vida. Y, por favor, perdóname por todo lo que te dije ant