La oscuridad del cuarto destartalado parecía tragarse hasta el aire. El viejo foco colgante chisporroteaba, iluminando apenas el rostro inmóvil de la mujer que yacía sobre un colchón húmedo. Él, parado a pocos metros, respiraba con una mezcla de ansiedad y triunfo.
Alía.
La mujer que durante años había sido su obsesión silenciosa.
Una fantasía primero.
Un objetivo después.
Una promesa torcida ahora.
Durante mucho tiempo imaginó tenerla de esa manera: cerca, indefensa, por fin a su alcance. Se