El eco de la llamada entrante rebotó en las paredes de madera oscura de la oficina, rompiendo el silencio sepulcral que Leonardo de la Rúa solía cultivar. Con un suspiro cargado de cansancio, una mano surcada por venas prominentes y manchas de la edad —esas que le recordaban cada maldito segundo que el tiempo no perdona— alcanzó el auricular. El identificador mostraba un número desconocido. No dudó.
—Espero que me tengas resultados —soltó Leonardo, sin siquiera saludar—. Han pasado días y sigo