El eco de las palabras de Castiel todavía vibraba en el aire lujoso de la estancia cuando el pánico, frío y punzante, se instaló en el pecho de Yestin. No era solo el deseo lo que veía en sus ojos, sino esa seguridad implacable de quien se sabe dueño de la situación. Sintiendo que el oxígeno le faltaba, Yestin reunió cada gramo de fuerza en sus brazos y, en un arranque de desesperación, lo empujó.
Castiel retrocedió un par de pasos, sorprendido pero con una sonrisa ladeada que prometía que el j