El aire en el ático de la mansión De la Rúa se sentía denso, cargado del olor metálico del ozono. Selene, con las manos enguantadas y el pulso de una cirujana, terminó de borrar los registros de las cámaras de seguridad. No quedaba rastro, ni una sombra, ni un error digital que pudiera vincularla con el caos que acababa de orquestar.
—Todo por la familia —susurró para sí misma, aunque sus ojos brillaban con un resentimiento antiguo.
Con un movimiento seco, provocó el cortocircuito. Una chispa