El silencio en la habitación no era un vacío, sino una masa densa y asfixiante que pesaba sobre los hombros de Yestin. Durante esos segundos eternos, el único sonido era el latido frenético de su propio corazón, retumbando en sus oídos como un tambor de guerra. Pero no iba a quebrarse. Sabía que, ante un hombre como Castiel, cualquier grieta en su armadura era una invitación al desastre.
—No sé de lo que hablas, yo no fui a ninguna farmacia —soltó ella, su voz saliendo más firme de lo que esper